Charles Perrault incluyó esta narración en sus Cuentos e Historias de un Tiempo Pasado también conocida como Los Cuentos de Mamá Gansa obra que además incluye sucesos como La Cenicienta, La Bella durmiente del bosque, Caperucita roja y Pulgarcito. Siempre he sido afín al maestro gato por lo subversivo del personaje pero debo reconocer que sus métodos no son moralmente impecables. El bienestar del que luego se convertirá en el “Marqués de Carabás” no justifica el engaño pues el gato tiene en mente intereses inmediatos y mediatos: primero, salvar la vida pues el anónimo hijo del molinero amenaza con comer su heredad -¡el gato!-. Los intereses mediatos los entendemos al final de la narración cuando el maestro gato es nombrado caballero lo cual lo convierte en receptor de bienes y nos revela su condición de arribista (graciosamente se dice que en esa condición solo cazará ratones…por deporte: un noble no necesita arriesgar el físico en tales menesteres).
El poder del gato está simbolizado en los bienes que demanda de su amo: un par de botas y un saco. Aquellas no son mágicas como ocurre con las “botas de siete leguas” de Pulgarcito sino que se trata del calzado más o menos común propio de un humano que provoca el antropomorfismo del maestro gato. Con ellas marcha hacia una realidad completamente distinta pues se ha convertido en un ser pensante, en un mentiroso que emplea trucos para prosperar. La culminación de este proceso obligará vencer a tres adversarios: el rey, los campesinos y el ogro si bien solo los campesinos reconocen la amenaza cuando el maestro gato los amedrenta con ser reducidos a bocados si no sustentan la existencia del ficticio Carabás y su pecuneo. La confrontación con el ogro señala el momento definitivo del quehacer del gato: El, como agente del famélico hijo del molinero, engatusa (creo que solo el español tiene esta peculiar palabra) al gran glotón. El ogro es un personaje sobrenatural (capaz de transformarse a libre voluntad en cualquier bestia ) e infracultural (en último término un caníbal) y ante sí tiene al gato, un ser limitado a su naturaleza pero sumamente dotado de poder por su cultura. Este poder no es otro que el uso del lenguaje o como diría L. Marin (Diacritics, 1977):
“El poder del gato es sustituir palabras por cosas y su poder es efectivo porque finalmente sustituye cosas por palabras y sus palabras engañosas se vuelven un lenguaje objetivamente válido porque el lenguaje es poder“.
Este “poder natural del engaño lingüístico” tan afín a los políticos y publicistas (cada vez nos cuesta más distanciar unos de otros) es el elemento que sobrepasa la condición sobrenatural del ogro, que es devorado por su ignorancia supina.
Una pregunta es urgente en este momento: ¿Con qué fin moralista podemos confiar este texto a los niños? quizá valorando el mérito de la astucia, la creatividad y la cultura en general y también parafraseando al padre Baltasar Gracián y Morales que nos dice “Es muy ordinario el mentir, sea extraordinario el creer”.

