
Fincher, Roth, Pitt, Blanchett
El relato “The Curious Case of Benjamin Button” de F. Scott Fitzgerald publicado en Tales of the Jazz Age (1922) dió lugar al libreto de la película homónima. En el original al señor Button le presentan a su hijo recién nacido, un amasijo de piel y huesos con la apariencia de un anciano de setenta años que le pregunta: ¿tú eres mi padre?. Button responde: “¿De dónde en el nombre del Señor vienes tú? ¿Quién eres tú? y Button junior dice: “No puedo decirte exactamente quien soy yo” (…) “porque he nacido hace unas pocas horas – pero mi apellido es ciertamente Button”. Como puede verse Benjamín Button no nace siendo precisamente un bebé. En la parte siguiente del relato el señor Button viste a su hijo que mide poco menos de 175 cm. Este último le pregunta cuál irá a ser su nombre y Button padre contesta: “…pienso que te llamaremos Matusalén”. Afortunadamente desiste de esa intención y se lo lleva a casa. Para él Benjamín es un bebé así que decide tratarlo como tal. Pero Benjamín tiene pensadas otras cosas: come pan con mantequilla, no se interesa por los juguetes, fuma e incluso lee la Enciclopedia Británica. La sociedad de Baltimore -no la New Orleans del libreto y la película- acepta al retoño de los Button. Sus maneras no son las de un niño:
“…Lo juntaron con varios niños, y él pasó una tarde aburrida tratando de interesarse con las canicas -incluso consiguió, accidentalmente, romper una ventana de la cocina con una piedra usando una resortera, una proeza que secretamente encantó a su padre. Así que Benjamin trató de romper algo todos los días, pero sólo hacía estas cosas porque era lo que se esperaba de él, y porque estaba naturalmente obligado a hacerlo.
Cuando se disipó el antagonismo inicial de su abuelo, Benjamin y ese caballero disfrutaron mucho uno en compañia del otro. Podían sentarse por horas (…) y como compinches de toda la vida, discutir con monotonía incansable los lentos eventos del día”
En contraste el libreto de Eric Roth hace nacer a Benjamín con las dimensiones de un bebé que tiene facies de anciano y es incapaz de hablar. Fitzgerald puntualiza que Benjamín tiene conocimiento -pero no es capaz de explicar el porqué- de la avanzada edad de su cuerpo y mente al momento de nacer. Roth sitúa al Benjamín fílmico en un hogar de adopción y le concede poder leer unas cuantas palabras vacilantes rumbo a la primera década de vida. En el relato el asunto del rejuvenecimiento es advertido por Benjamín alrededor de los doce años. Su intuición excepcional le hace preguntarse “¿será posible?”.
Fitzgerald resuelve con ironía los años de la medianía entre los doce y veintiuno cuando aclara: “Suficiente registrar que fueron años de decrecimiento normal”. En este período Benjamín intenta matricularse en Yale lo cual no es posible pues no consigue convencer a maestros y alumnos de que realmente tiene dieciocho años. Poco después comienza a frecuentar el círculo de su padre y una tarde en la que este último se siente melancólico le dice a Benjamín:
“El negocio de los textiles tiene un gran futuro”. Fitzgerald añade: (Button) no era un hombre espiritual – su sentido estético era rudimentario.
Y como evidencia de esa precariedad Fitzgerald escribe (habla Button):
“Los viejos como yo no pueden aprender nuevos trucos,” observó él profundamente. “Son ustedes los jóvenes con energía y vitalidad que tienen el futuro ante sí”
¿”Jóvenes” con energía y vitalidad como Benjamín?
Benjamín conoce a Hildegarde, su “amor a primera vista” y futura esposa (de quien Fitzgerald escribe que era “bella como el pecado”). A ella sus contemporáneos le parecen frívolos y sólo Benjamín, que aparenta cincuenta, está “justo en la edad romántica”. En este punto el relato difiere del libreto fílmico porque no se trata de una historia de amor “para toda la vida”: Fitzgerald dice descarnadamente que tras cierto tiempo de continuo decrecimiento a Benjamín solo le preocupaba una cosa: A los treinta y cinco “su mujer había dejado de gustarle”. Los encantos de la adorable Hildegarde no tardaron en desvanecerse, ella se tornó “muy asentada, muy plácida, muy conforme, muy anémica en sus emociones y de un gusto muy sobrio”. Esto provoca la ruptura definitiva. Su agitado y gozoso estilo de vida dificulta el cumplimiento de sus deberes laborales y familiares. Su hijo le suplanta a cargo del negocio familiar. Finalmente llegan los años inciertos de la juventud, la adolescencia, la niñez. Benjamín juega con su nieto, requiere niñera y alimentación especial. Las cosas dejan de tener significado concreto, gradualmente pierde todos sus recuerdos, su mundo se reduce a lo mínimo, las sensaciones se tornan vagas. Eventualmente la oscuridad suplanta todo.
Y en la película vemos un desfile de anécdotas a manera de parches para llenar la vida de un sujeto destinado a que no le pase nada. Trasplantado al siglo XX Benjamín Button conoce ancianos impactados por rayos, sopranos, pigmeos buscavidas, capitanes, esposas-sonámbulas-de-diplomáticos, algunas mujeres (a estas últimas podríamos decir que biblicamente), a su padre y su abolengo. Se hace a la mar, sufre en carne propia la guerra y se torna un vagabundo. Todo esto como un requisito para no caer en cuenta de las casi tres horas de proyección…
El original nos habla de la insustancialidad de la vida y aquí Roth trata de hacernos creer que no es así, que algo queda, o como dice la meliflua Daisy (alter ego de Hildegarde): “(que) algunas cosas perduran”.
Por eso, sobre original y versión libre, sigo prefiriendo aquel relato de Alejo Carpentier:
“Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.” (Viaje a la semilla – 1944)

Alejo Carpentier



