Archivos mensuales: Marzo 2009

En radio y televisión es frecuente escuchar especies como: “Le traemos la noticia tal cual es, Ud. opina”. Habitualmente las opciones se reducen artificialmente a blanco o negro: ¿Está a favor o en contra de la pena de muerte, del aborto, de la reelección del presidente, de la venta de un recurso estratégico, de la elección de X futbolista para la selección, etc. etc.?

Sobre la opinión escribe  Vincent Potter mencionando a Kant (Readings in Epistemology, 1993):

“Sostener que algo es verdadero es una ocurrencia en nuestra comprensión la cual, a pesar de que puede reposar en aspectos objetivos, también requiere causas subjetivas en la mente del individuo que hace el juicio” 

Según Potter cuando sostenemos que algo es verdadero, es decir la validez subjetiva del juicio, en su relación a la convicción (el proceso tiene) los siguientes niveles: opinar, creer y saber. Cuando opinamos entendemos que un juicio es concientemente insuficiente tanto objetiva como subjetivamente. El creer surge de un juicio subjetivamente suficiente pero objetivamente insuficiente. Finalmente, sabemos algo cuando las valoraciones objetiva y subjetiva son suficientes.

Asunto peligroso este de opinar, aunque no piensen lo mismo los creadores del sitio web Jyte.com que saludan a los miembros de su red social diciendo “afirma algo y comparte la popularidad” (el American Heritage Dictionary of the English Language define la expresión idiomática street cred como aceptabilidad o popularidad). Los miembros afirman algo, lo que sea, como invita el sitio y la comunidad vota a favor o en contra comentando las razones para inclinarse a favor de una u otra opción. 

La página de inicio de Jyte.com

La página de inicio de Jyte.com

Hice una búsqueda sobre aborto y estos fueron los primeros resultados: 

Resultado típico de búsqueda en "Jyte" (tema: aborto)

Resultado típico de búsqueda en "Jyte" (tema: aborto)

 

Es notorio el énfasis en la convicción (lo que basta para mí porque yo creo en eso) en lugar de la certeza ( lo que debe satisfacer objetivamente a cualquiera atendiendo a la razón) como es evidente en este otro ejemplo:

"La ciencia es una amenaza a la religión basada en la fe" (¡ughhh!)

"La ciencia es una amenaza a la religión basada en la fe" (¡ughhh!)

Yo para no equivocarme respondo lo mismo que le dije a una familia amiga que opinaba de oficio sobre el nombre que debía tener una niña (nieta / sobrina de esos amigos) porque los papás tardaban en decidir. Y puesto que la numerosa familia tampoco alcanzaba un consenso y yo estaba ahí alguien no tardó en preguntar: ¿Y tú que opinas? A lo cual respondí sesudamente: “Mi sincera opinión, en base a los elementos de juicio que me ofrecen… ¡Es que no puedo tener opinión alguna! ”  

Y a propósito de esto aprovecho lo que hoy me escribe mi hermano con esa glosa suya tan característica:

«Te doy una frase en latín, que siempre produce sonrisas en los necios.

Veritas est in puteo”

 


(no lo decía Juan Gabriel, sino Demócrito). “La verdad está en lo profundo” »

Povoa de Varzim

Póvoa de Varzim.

Teodoro, fracasado y contrahecho funcionario del gobierno portugués, lee lo siguiente en un antiguo libro deslomado (yo pongo las negritas):

«En el fondo de la China existe un Mandarín más rico que todos los reyes de que nos habla la Fábula o la Historia. De él nada conoces, ni el nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que tú heredes sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado, sobre un libro. El exhalará entonces un suspiro, en los lejanos confines de la Mongolia. Será un cadáver: y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres hombre mortal, ¿tocarás la campanilla

Este es un pasaje del libro “El mandarín” que José Maria Eça de Queirós (Póvoa de Varzim, 25 de noviembre de 1845 – París, 16 de agosto de 1900) publicó en 1880. Y a propósito de la tentación, John Adams (The Psychology of temptation, 1906) dice que “el tentador exitoso es alguien familiar con el pasado de la persona tentada, (alguien) que conoce el contenido del alma de esa persona“. Estoy de acuerdo con el motivo del éxito del tentador pero no pretendo meterme en honduras místicas. La tentación viene de uno mismo, ese conocido con información privilegiada del tentado, y sí ponemos “naturaleza“, “escrúpulos“, “ética” e inclusive “conciencia” en lugar de la malograda “alma” que emplea Adams toda la frase adquiere sentido. Nuestra relación con los “estímulos económicos” -que bien pueden tentarnos- ha sido idealizada por algunos autores como Posner (“The jurisprudence of greed”, 2003) que describe:

“(una figura de) temperamento moderado, con cierta simpatía por sus amigos y otras personas; previsor pero no taimado; codicioso y probablemente amante del placer pero no autoindulgente y ciertamente no desvergonzado”

Este homo economicus es definido mucho más sucintamente como un egoísta racional que aprovecha todas las oportunidades. Según Osner su codicia no es inmoral porque “recuerda más a Antonio -el mercader de Venecia- que a Shylock“: Para la doctrina liberal las decisiones del homo economicus, al ser racionales, no pueden tomar en cuenta aspectos morales (que son preceptos convencionales).

Volviendo a Teodoro, la intervención de un personaje sobrenatural sospechosamente siniestro le orilla a tocar la dichosa campanilla que -efectivamente- ha aparecido a su lado. Gracias a ese gesto su vida modesta y apretada cambia radicalmente pues de la noche a la manaña se vuelve el propietario del legendario oro del Mandarín. ¡Por fin podía gozar del favor de la hipócrita sociedad que hasta entonces lo menospreciaba!

Teodoro, que curiosamente quiere decir “regalo de Dios”, dice:

“Yo nunca creí en el diablo, como nunca tuve fe en Dios. Jamás lo dije en voz alta ni lo escribí en los periódicos para no descontentar a los Poderes públicos encargados de mantener el respeto hacia tales entidades: mas yo nunca creí que existiesen estos dos personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan la vida haciéndose mútuas y amables perrerías, uno de barbas nevadas y túnica azul, vestido como el antiguo Júpiter y habitando las alturas luminosas, en medio de una corte más complicada que la de Luis XIV; y el otro malhumorado y mañoso, ornado de cuernos, viviendo entre las llamas, imitación ridícula y burguesa del pintoresco Plutón. ¡No, no creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y yo pertenezco a la clase media.”

Y aunque no cree en Dios no duda en confesar cierta inquietud mística emparejada con algo de “egoísmo racional oportunista”:

“Rezo, es verdad, a Nuestra Señora de los Dolores, porque, así como pedí una recomendación para licenciarme; así como, para obtener mis veinticinco duros, imploré la benevolencia del diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la navaja del chulo, de la cáscara de naranja escurridiza donde puede uno resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una protección sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraíso. Con un compadre en el barrio, y una comadre mística en las alturas, el porvenir del licenciado está seguro.”

Si al momento de decidir tocar o no la campanilla Teodoro toma en cuenta la razón, virtud asépticamente lejana de la moral como nos dice el liberalismo, lo que le ocurre después tiene que ver con  los irreversibles efectos colaterales de su decisión:

“¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día por día, la desoladora afirmación de la vileza humana?

¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como humo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensa tristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, lloré copiosamente.”

Efectos que incluyen el desengaño amoroso:

“Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa. Descreí para siempre de los ángeles rubios, que conservan en su mirar azul el reflejo de los cielos que atravesaron: desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otras idealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles y organicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica.”

El mandarín (Eca de Queirós)

El mandarín (Eca de Queirós)

En el relato el difunto Mandarín ( Ti Chin Fu) se le aparecía a Teodoro dondequiera que fuera o tratara de evitarlo: ni siquiera la contrición sacramental, los rezos, misas ni obras piadosas -y otras artes de su repertorio místico y mundano- alejaban al espectro que lo acechaba insistentemente. Para mal de Teodoro el mudo Mandarín Ti Chin Fu no lo abandonará ni en los remotos confines del Imperio del Medio, sitio donde prolonga su desventura. Al regresar a Portugal nos dice amargamente:

“…¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca matéis al Mandarín!”

Pero más que ese consejo que le habría hecho tanto bien seguir a Bernie Madoff y a (ni tan) Santos Ramírez -y pensando de soslayo en el homo economicus- analicemos el remate del libro que me parece brutalmente honesto:

“Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.”

Un par de amigos siempre terminaban enfrascados en una conversación parecida a lo que sigue:

Habitualmente yo mencionaba un libro y mi amigo A decía:

- ¿Quién lo publica?

- ¿Y eso que tiene de importante? -respondía mi amigo B.

- Mucho, ¡eso es lo máááááááááááááás importante…! -replicaba A (sin explicar bajo ninguna circunstancia porqué era así).

Y B siempre se burlaba en el mismo tono por la debilidad del argumento que trataba de sostener A, lo cual daba pie a pensar que A era uno de esos (y todos lo somos en ocasiones) lectores teóricos capaces de hablar de Flammarion, Anagrama, Gouncourt, etc. sin haber tenido uno de sus productos entre las manos y mucho menos tomarse la molestia de leerlos. Pero retomando la preocupación de B la editorial no solo importa por el acabado del libro (tapa dura, ilustraciones, encuadernado) que en parte determinará la duración del producto, lo cual no es poca cosa aunque como leí en algún foro (quizá) sea más importante el contenido. Y en ese punto añadiría : claro, sí pudiésemos estar completamente seguros que el contenido es el correcto. Si el libro es en español que un grupo editorial nos ofrezca una versión “recortada” para satisfacer por ejemplo la denominación “de bolsillo” sería simplemente un crimen. Y ese crimen lamentablemente hace cultura porque como puedo constatar las dichosas “ediciones juveniles” pichicatean mucho más de lo que educan (en el colegio nos hacían leer unas versiones resumidas, tristísimas, de “La Odisea” y “La Ilíada” y conozco a alguien que afirma haber memorizado “La República”). Y si el libro ha sido escrito en otros idiomas el problema se torna mayúsculo. Como dice Eduardo Robredo Zugasti (“Peligrosas traducciones“):

“No cabe estancarse en la mística del lenguaje “original”: traducir no sólo es necesario sino que es posible: no pensamos en imágenes, ni siquiera en palabras, sino en ideas. Los límites de nuestro lenguaje no son los límites de nuestro mundo intelectual

Pero la multiplicación de publicaciones puede mermar demasiado la calidad de las traduccciones, sobre todo si los lectores carecen de capacidad crítica y no denuncian los malos trabajos”

En la primera parte Robredo señala con lucidez la trascendencia de la transmisión de ideas. Lo que leía en aquellas versiones juveniles era divertido a secas y daba una idea general. Lo que fuí a encontrar en el texto homérico era -y es- sobresaliente por el mérito artístico y el goce estético. En el segundo enunciado Robredo parece querer referirse, con aquello de la “multiplicación de publicaciones”, a cierta trivialización del contenido y, lo que es peor, a una evidente puerilización del lector. “Cultura light” dicen ahora o como escribe Marcelo Colussi (leer aquí el texto completo):

“…individualismo exacerbado, búsqueda inmediata de la satisfacción – con la contraparte de despreocupación/desprecio por el otro-, escasa profundidad en el abordamiento de cualquier tema, superficialidad, falta de compromiso social o incluso humano, banalidad, liviandad. Todo ello marcado por un culto a las apariencias…”

 

(La frase que marco con negritas es la que más me interesa de esa definición: muchas de las otras cosas de las que trata Colussi, como lo que llama “revolución Bolivariana” (sic), me parecen más ideológicas que racionales).

 

 

 

 


 

 
Ganadora del Oscar a mejor película (1967)

Ganadora del Oscar a mejor película (1967)

Un tren llega pasada la medianoche a Esparta, Mississipi en una calurosa noche de verano. Poco después el comisario Sam Wood (Warren Oates) hace su ronda nocturna y todo luce tan pacífico como siempre hasta que en una calle oscura descubre el cuerpo sin vida de un empresario blanco. Lo han asesinado. El jefe de policía Bill Gillespie (Rod Steiger) inicia la investigación. En la estación de trenes Wood encuentra a un forastero que viste de traje. El hecho de que es negro y lleva consigo un puñado de dólares lo hace inmediatamente sospechoso. Cuando lo llevan a la estación de policía nos enteramos que el extraño es ni más ni menos un policía de Filadelfia de viaje en Mississipi y, para colmo de sus racistas y simplones colegas de Esparta, experto en homicidios. Gillespie encuentra gracioso su nombre de pila -Virgil- y cuando le pregunta al detective como le dicen él responde con la ya clásica frase: “Me llaman señor Tibbs“. El jefe de Tibbs sugiere que Virgil puede ayudar con la investigación lo cual es aceptado a regañadientes por el jefe Gillespie. Sin embargo a la mañana  siguiente Gillespie pilla a un lumpen sospechoso en posesión de la billetera de la víctima y orgulloso le deja saber a Virgil que puede prescindir de sus servicios. Pero Tibbs le dice tajantemente que de acuerdo a sus investigaciones forenses tiene al hombre equivocado. Gillespie no tiene otra que cambiar el cargo contra el prisionero por el de robo.   

Sidney Poitier
Virgil Tibss es interpretado por el gran Sidney Poitier

Cuando la viuda de la víctima amenaza con suspender una obra que pondría en riesgo el empleo de varios pobladores de Esparta si es que no dejan que Tibbs conduzca la investigación Gillespie debe bajar el tono y pedirle “amablemente” al detective que colabore. Le dice:

“¡Tú eres demasiado listo! Eres más listo que cualquier hombre blanco. Y vas a quedarte a demostrárnoslo. Eres tan terco que no podrías soportarte a menos que nos avergüenzes a todos… No pienso que seas capaz de dejar pasar una oportunidad como ésta.”

Y no solo eso. Gillespie tiene que volverse la niñera de Tibbs para evitar que la airada comunidad blanca de su pueblo lo mate por el simple hecho de ser el negro más listo que hayan visto en su vida. Mientras tanto Tibbs sigue investigando y dejando a Gillespie sin sospechosos. En una escena memorable debe interrogar a un rico propietario y rival de la víctima, un tal Eric Endicott, que ofendido por la idea de ser considerado sospechoso y recordando un pasado esclavista le propina una bofetada a Tibbs. Para su sorpresa Virgil le devuelve el favor y a Endicott solo le queda rumiar su dolor físico y moral ante la inacción del atónito Gillespie. 

La forzada relación entre los policías, inicialmente obligados a trabajar el uno con el otro, va adquiriendo otros matices. En una escena crucial Gillespie debe informar al alcalde del incidente con Endicott. El alcalde le pregunta ”¿Qué hizo que cambiaras de opinión sobre Tibbs?” para luego sugerir que antaño una osadía como esa le habría costado recibir un balazo alegando defensa propia. Al oír eso Gillespie comienza a cambiar su inicial aversión racista por respeto al camarada y hacia el final de la cinta por un comportamiento abiertamente amistoso. En la intimidad nos enteramos que son dos solitarios empedernidos como deja entrever la lacónica respuesta de Tibbs (G: Gillespie, T: Tibbs):

G: Perteneces a una minoría selecta.

T: ¿Y eso?

G: Eres el primer ser humano que viene a esta casa.

T: Toda prudencia es poca.

G: Sabes muchas cosas, ¿no es así? ¿ Qué sabes del insomnio?

T: Que el bourbon no Io cura.

G: De eso no hay duda. No tengo ni mujer ni hijos. Tengo un pueblo que no me quiere. Tengo aire acondicionado del que me tengo que encargar yo mismo y un escritorio con una pata coja, y encima tengo…esta casa.¿No crees que eso puede empujar a un hombre a darse a la bebida? Te voy a decir un secreto. Aquí no viene nadie. Nunca.

G: ¿Estás casado?

T: No.

G: ¿Lo estuviste?

T: No.

G (suspirando y triste): ¿Alguna vez estuviste a punto de casarte?

T (reclinándose, más triste y pensando en lo que va a decir): A punto…

G: ¿No te sientes un poco solo?

T: No más que tú.

G: No te hagas el listo, negro.

 

En el calor de la noche” ganó el Oscar a mejor película de 1967. Rod Steiger fue premiado (el 10 de abril de 1968) como mejor actor en perjuicio de Poitier, que ya había recibido esa distinción en 1964 por los “Lirios del valle” y podía haber repetido por las míticas “Adivina quien viene a cenar” y “Al maestro con cariño” lo cual es mucho decir en una época en la que era impensable hablar de un presidente negro, no existían actores como Washington (Denzel), Freeman (Morgan), Whitaker (Forest), etc. y teniendo en cuenta que acababan de matar a Martin Luther King Jr. (4 de abril de 1968). Para concluir les dejo un vídeo en el que pueden disfrutar el tema principal de la banda sonora (“In the heat of the night”) compuesto por Quincy Jones e interpretado por Ray Charles