
Póvoa de Varzim.
Teodoro, fracasado y contrahecho funcionario del gobierno portugués, lee lo siguiente en un antiguo libro deslomado (yo pongo las negritas):
«En el fondo de la China existe un Mandarín más rico que todos los reyes de que nos habla la Fábula o la Historia. De él nada conoces, ni el nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que tú heredes sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado, sobre un libro. El exhalará entonces un suspiro, en los lejanos confines de la Mongolia. Será un cadáver: y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres hombre mortal, ¿tocarás la campanilla?»
Este es un pasaje del libro “El mandarín” que José Maria Eça de Queirós (Póvoa de Varzim, 25 de noviembre de 1845 – París, 16 de agosto de 1900) publicó en 1880. Y a propósito de la tentación, John Adams (The Psychology of temptation, 1906) dice que “el tentador exitoso es alguien familiar con el pasado de la persona tentada, (alguien) que conoce el contenido del alma de esa persona“. Estoy de acuerdo con el motivo del éxito del tentador pero no pretendo meterme en honduras místicas. La tentación viene de uno mismo, ese conocido con información privilegiada del tentado, y sí ponemos “naturaleza“, “escrúpulos“, “ética” e inclusive “conciencia” en lugar de la malograda “alma” que emplea Adams toda la frase adquiere sentido. Nuestra relación con los “estímulos económicos” -que bien pueden tentarnos- ha sido idealizada por algunos autores como Posner (“The jurisprudence of greed”, 2003) que describe:
“(una figura de) temperamento moderado, con cierta simpatía por sus amigos y otras personas; previsor pero no taimado; codicioso y probablemente amante del placer pero no autoindulgente y ciertamente no desvergonzado”
Este homo economicus es definido mucho más sucintamente como un egoísta racional que aprovecha todas las oportunidades. Según Osner su codicia no es inmoral porque “recuerda más a Antonio -el mercader de Venecia- que a Shylock“: Para la doctrina liberal las decisiones del homo economicus, al ser racionales, no pueden tomar en cuenta aspectos morales (que son preceptos convencionales).
Volviendo a Teodoro, la intervención de un personaje sobrenatural sospechosamente siniestro le orilla a tocar la dichosa campanilla que -efectivamente- ha aparecido a su lado. Gracias a ese gesto su vida modesta y apretada cambia radicalmente pues de la noche a la manaña se vuelve el propietario del legendario oro del Mandarín. ¡Por fin podía gozar del favor de la hipócrita sociedad que hasta entonces lo menospreciaba!
Teodoro, que curiosamente quiere decir “regalo de Dios”, dice:
“Yo nunca creí en el diablo, como nunca tuve fe en Dios. Jamás lo dije en voz alta ni lo escribí en los periódicos para no descontentar a los Poderes públicos encargados de mantener el respeto hacia tales entidades: mas yo nunca creí que existiesen estos dos personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan la vida haciéndose mútuas y amables perrerías, uno de barbas nevadas y túnica azul, vestido como el antiguo Júpiter y habitando las alturas luminosas, en medio de una corte más complicada que la de Luis XIV; y el otro malhumorado y mañoso, ornado de cuernos, viviendo entre las llamas, imitación ridícula y burguesa del pintoresco Plutón. ¡No, no creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y yo pertenezco a la clase media.”
Y aunque no cree en Dios no duda en confesar cierta inquietud mística emparejada con algo de “egoísmo racional oportunista”:
“Rezo, es verdad, a Nuestra Señora de los Dolores, porque, así como pedí una recomendación para licenciarme; así como, para obtener mis veinticinco duros, imploré la benevolencia del diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la navaja del chulo, de la cáscara de naranja escurridiza donde puede uno resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una protección sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraíso. Con un compadre en el barrio, y una comadre mística en las alturas, el porvenir del licenciado está seguro.”
Si al momento de decidir tocar o no la campanilla Teodoro toma en cuenta la razón, virtud asépticamente lejana de la moral como nos dice el liberalismo, lo que le ocurre después tiene que ver con los irreversibles efectos colaterales de su decisión:
“¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día por día, la desoladora afirmación de la vileza humana?
¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como humo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensa tristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, lloré copiosamente.”
Efectos que incluyen el desengaño amoroso:
“Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa. Descreí para siempre de los ángeles rubios, que conservan en su mirar azul el reflejo de los cielos que atravesaron: desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otras idealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles y organicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica.”

El mandarín (Eca de Queirós)
En el relato el difunto Mandarín ( Ti Chin Fu) se le aparecía a Teodoro dondequiera que fuera o tratara de evitarlo: ni siquiera la contrición sacramental, los rezos, misas ni obras piadosas -y otras artes de su repertorio místico y mundano- alejaban al espectro que lo acechaba insistentemente. Para mal de Teodoro el mudo Mandarín Ti Chin Fu no lo abandonará ni en los remotos confines del Imperio del Medio, sitio donde prolonga su desventura. Al regresar a Portugal nos dice amargamente:
“…¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca matéis al Mandarín!”
Pero más que ese consejo que le habría hecho tanto bien seguir a Bernie Madoff y a (ni tan) Santos Ramírez -y pensando de soslayo en el homo economicus- analicemos el remate del libro que me parece brutalmente honesto:
“Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.”