Siempre que llegan estas épocas vemos con asombro los desplantes de los sanfermines. Sus tonterías nos llenan el ojo a pesar de ser precisamente eso: tonterías de las muchas que se hacen en el nombre de la tradición. O en este caso como relataba mi hermano por el mero hecho de poder hacerlo (retar a la muerte) pero con la certeza subterránea de que el desenlace fatal solo le puede ocurrir al de al lado. De niño creo haber visto un documental en el que -quiero creer- con cierto grado de humor se decía que en la encerrona se había roto alguna vez el récord (o la plusmarca si quieren) de la milla. Como digo mi hermano lo intentó, es decir correr en la fiesta (no romper el registro de la milla), y gracias a unas destrezas que le explicaron sobre la marcha (girar para pegarse a la pared) pudo superar la prueba. Hecho eso no tardó en atravesar el charco de regreso y seguramente todavía con el recuerdo de ese rito iniciático decidió “morder el polvo” nupcial. Hoy es un feliz esposo y padre de un niño que es mi debilidad. Precisamente eso sugiere que hacer algo nada más porque es factible hacerlo no constituye un comportamiento juicioso y antes de que me acusen aclaro que me refiero a empamplonarse. O quizá es necesario hacer muchas tonterías para por fin, en una de esas extrañas iluminaciones, en un estado de gracia… dar el sí y palmar, digo atinar.

No te viene a saludar
Mi padre es fanático de la fiesta brava. Yo soy de esos que piensan que no es otra cosa que un grotesco espectáculo en el que a veces muere un animal y en el que por lo general se sacrifica un toro. Pero de gustos y colores no han escrito los autores…
Si Elvis hubiese nacido español ¿habría sido torero? ¿cantaría acaso como Peret?
Nada de love me tender, solo “un borriquito como tú…”
¡Salud por mi último sábado de solterío!