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Reseñas y artículos sobre literatura

Philip Roth según Frances Belleville

Philip Roth según France Belleville

"Nuestra pandilla" (Mondadori 2008)

"Nuestra pandilla" (Mondadori 2008)

El 7 de Noviembre del 71 Dwight McDonald (NY Times) escribió:

Nuestra pandilla” es una sátira política que he hallado rebuscada, injusta, de mal gusto, perturbadora, lógica, tosca y muy graciosa – Me reí ruidosamente 16 veces y dentro de mí una cantidad estadisticamente inverificable. Dicho brevemente, (es) una obra maestra. Las hipótesis más fantásticas -fantasías que, por desgracia, leemos diariamente en los periódicos y vemos en la TV nocturna- son desarrolladas con la lunática lógica de la “Modesta propuesta para prevenir que los niños de la gente pobre de Irlanda sean una carga para sus padres y el país”  de Swift (es decir, engordándolos para consumo como tocino del desayuno inglés). ¿Qué tan injusto se puede ser? “Nuestra pandilla” es un sólido segundo lugar. Como un inveterado americano, estoy encantado con la manera como las más extremas divagaciones satíricas de Roth -como aquellas de Mark Twain, Ring Lardner y Nathaniel West–tomadas de una base sólida de conocimiento volkische (popular);  nuestra jerga; y el carácter nacional que expresa, parecen alarmarlo tanto como lo han hecho con ellos y conmigo”

Inspirada en la escandalosa administración Nixon esta sátira política no deja títere con cabeza. El relato superlativo parte de un dislate verbal del trigésimo séptimo presidente de los vecinos del norte, pero podría ser parte de un manual de procedimientos para una caterva de políticos (Bush hijo, Berlusconi, Fox, etc.):

“POR CREENCIAS PERSONALES Y RELIGIOSAS CONSIDERO QUE LOS ABORTOS SON FORMAS INACEPTABLES DE CONTROL POBLACIONAL. AÚN MÁS, LAS POLÍTICAS IRRESTRICTAS DE ABORTO, O EL ABORTO A DEMANDA NO COINCIDEN CON MI CREENCIA PERSONAL EN LA SANTIDAD DE LA VIDA HUMANA – INCLUYENDO LA VIDA DE LOS NONATOS. PORQUE, SEGURAMENTE, LOS NONATOS TAMBIÉN TIENEN DERECHOS, RECONOCIDOS EN LA LEY, RECONOCIDOS AÚN EN PRINCIPIOS EXPUESTOS POR LAS NACIONES UNIDAS”

Con esta declaración “filosófica” -como dice McDonald- el protagonista Trick E. Dixon (Tricky para los amigos), se granjea el odio combativo de un violento grupo de radicales: los boy scouts, que fieles a su puritanismo, consideran la frase de Tricky un apoyo implícito al “intercurso sexual”. Y el líder enfrenta esta crisis provocada por la ignorancia de la única manera que conocen las personas de su clase: unos cuantos muertos locales (los gandules de la flor de Liz), difamación y chivos expiatorios. Además el Tricky literario emplea una estrategia que también capitalizó en nuestra época George Walker Bush: la invasión preventiva. En este caso contra la república pro-pornografía de Dinamarca (profiriendo un genial “algo huele mal en el estado de Dinamarca” como arenga).

Como el Nixon de la vida real Tricky solo fue presidente de un mandato. Si la historia condenó al primero a una especie de muerte política Roth no se toca el corazón y hace que alguien asesine a Tricky. Esto me resultó inesperado luego de una primera parte un poco excesiva y esquemática. No imaginaba las torcidas intenciones de Roth y eso puso de campanillas el remate de la novela o como diría McDonald citando a Jules Feiffer:

“…(eso) extendió lógicamente la premisa a su conclusión totalmente demente provocando de parte de la audiencia cierta apreciación inesperada

Luego de unas exequias relatadas con maestría Roth hace llegar a Tricky al mismísimo infierno, donde -no podía ser de otra manera- compite con Satanás por la presidencia del averno y en un giro de tuerca que contrasta con el debate de la vida real entre Nixon y Kennedy (1960) el experimentado Satanás es puesto contra las cuerdas por la “sangre nueva” de Tricky que muy en lo suyo saca de contexto “declaraciones” del innombrable contenidas en un irrefutable libro de pruebas. Dice:

“Este documento que estoy sosteniendo en mi garra es la Sagrada Escritura. No miente. Es ni más ni menos la Biblia de nuestros enemigos”.

Específicamente Tricky asesta una seguidilla de golpes bajos empleando el Libro de Job y haciendo ver al villano por excelencia como todo un perrito faldero de Dios. Irónicamente también dice la verdad y eso es de lo mejor de este libro porque esa parte me congeló la sangre pensando en que los políticos siguieran ese ejemplo y dijeran algo como:

“Y pueden responder, “Eso está muy bien, Señor Presidente, ¿Pero con qué preparación cuenta para presentarse al puesto de Diablo responsable?”

(…)

Para citar una nota personal, ustedes saben que yo nací oportunista, allá en California, y durante mis años en la vida pública tuve el privilegio de hacer una serie de tejemanejes con con otros oportunistas. Y pienso que hablo por todos los oportunistas cuando digo que Satanás ha sido una constante fuente de inspiración para nosotros desde tiempos inmemoriales, en las buenas y en las malas. Y quiero que él comprenda a todo lo largo de esta campaña, que respeto no solo la tenacidad con la cual él miente, sino que también su sinceridad al mentir.

(…)

Pero quiero dejar algo perfectamente claro. Por mucho que respete y admire sus mentiras, no creo que las mentiras sean algo en lo cual mantenerse. Mas bien son algo para construir (…) (nadie) puede confiar en las mentiras que ha dicho en el pasado (…) para distorsionar las realidades de hoy (…). Mi propia experiencia ha demostrado que las mentiras del ayer no van a confundir los problemas de hoy en día (…). Y ese el porqué, con todo el respeto para la experiencia de mi oponente, digo que necesitamos una nueva administración en el Infierno, una administración con nuevos cuernos, nuevas verdades a medias, nuevos horrores y nuevas hipocresías…”

Es decir la verdad y nada más que la verdad…

Povoa de Varzim

Póvoa de Varzim.

Teodoro, fracasado y contrahecho funcionario del gobierno portugués, lee lo siguiente en un antiguo libro deslomado (yo pongo las negritas):

«En el fondo de la China existe un Mandarín más rico que todos los reyes de que nos habla la Fábula o la Historia. De él nada conoces, ni el nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que tú heredes sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado, sobre un libro. El exhalará entonces un suspiro, en los lejanos confines de la Mongolia. Será un cadáver: y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres hombre mortal, ¿tocarás la campanilla

Este es un pasaje del libro “El mandarín” que José Maria Eça de Queirós (Póvoa de Varzim, 25 de noviembre de 1845 – París, 16 de agosto de 1900) publicó en 1880. Y a propósito de la tentación, John Adams (The Psychology of temptation, 1906) dice que “el tentador exitoso es alguien familiar con el pasado de la persona tentada, (alguien) que conoce el contenido del alma de esa persona“. Estoy de acuerdo con el motivo del éxito del tentador pero no pretendo meterme en honduras místicas. La tentación viene de uno mismo, ese conocido con información privilegiada del tentado, y sí ponemos “naturaleza“, “escrúpulos“, “ética” e inclusive “conciencia” en lugar de la malograda “alma” que emplea Adams toda la frase adquiere sentido. Nuestra relación con los “estímulos económicos” -que bien pueden tentarnos- ha sido idealizada por algunos autores como Posner (“The jurisprudence of greed”, 2003) que describe:

“(una figura de) temperamento moderado, con cierta simpatía por sus amigos y otras personas; previsor pero no taimado; codicioso y probablemente amante del placer pero no autoindulgente y ciertamente no desvergonzado”

Este homo economicus es definido mucho más sucintamente como un egoísta racional que aprovecha todas las oportunidades. Según Osner su codicia no es inmoral porque “recuerda más a Antonio -el mercader de Venecia- que a Shylock“: Para la doctrina liberal las decisiones del homo economicus, al ser racionales, no pueden tomar en cuenta aspectos morales (que son preceptos convencionales).

Volviendo a Teodoro, la intervención de un personaje sobrenatural sospechosamente siniestro le orilla a tocar la dichosa campanilla que -efectivamente- ha aparecido a su lado. Gracias a ese gesto su vida modesta y apretada cambia radicalmente pues de la noche a la manaña se vuelve el propietario del legendario oro del Mandarín. ¡Por fin podía gozar del favor de la hipócrita sociedad que hasta entonces lo menospreciaba!

Teodoro, que curiosamente quiere decir “regalo de Dios”, dice:

“Yo nunca creí en el diablo, como nunca tuve fe en Dios. Jamás lo dije en voz alta ni lo escribí en los periódicos para no descontentar a los Poderes públicos encargados de mantener el respeto hacia tales entidades: mas yo nunca creí que existiesen estos dos personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan la vida haciéndose mútuas y amables perrerías, uno de barbas nevadas y túnica azul, vestido como el antiguo Júpiter y habitando las alturas luminosas, en medio de una corte más complicada que la de Luis XIV; y el otro malhumorado y mañoso, ornado de cuernos, viviendo entre las llamas, imitación ridícula y burguesa del pintoresco Plutón. ¡No, no creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y yo pertenezco a la clase media.”

Y aunque no cree en Dios no duda en confesar cierta inquietud mística emparejada con algo de “egoísmo racional oportunista”:

“Rezo, es verdad, a Nuestra Señora de los Dolores, porque, así como pedí una recomendación para licenciarme; así como, para obtener mis veinticinco duros, imploré la benevolencia del diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la navaja del chulo, de la cáscara de naranja escurridiza donde puede uno resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una protección sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraíso. Con un compadre en el barrio, y una comadre mística en las alturas, el porvenir del licenciado está seguro.”

Si al momento de decidir tocar o no la campanilla Teodoro toma en cuenta la razón, virtud asépticamente lejana de la moral como nos dice el liberalismo, lo que le ocurre después tiene que ver con  los irreversibles efectos colaterales de su decisión:

“¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día por día, la desoladora afirmación de la vileza humana?

¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como humo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensa tristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, lloré copiosamente.”

Efectos que incluyen el desengaño amoroso:

“Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa. Descreí para siempre de los ángeles rubios, que conservan en su mirar azul el reflejo de los cielos que atravesaron: desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otras idealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles y organicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica.”

El mandarín (Eca de Queirós)

El mandarín (Eca de Queirós)

En el relato el difunto Mandarín ( Ti Chin Fu) se le aparecía a Teodoro dondequiera que fuera o tratara de evitarlo: ni siquiera la contrición sacramental, los rezos, misas ni obras piadosas -y otras artes de su repertorio místico y mundano- alejaban al espectro que lo acechaba insistentemente. Para mal de Teodoro el mudo Mandarín Ti Chin Fu no lo abandonará ni en los remotos confines del Imperio del Medio, sitio donde prolonga su desventura. Al regresar a Portugal nos dice amargamente:

“…¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca matéis al Mandarín!”

Pero más que ese consejo que le habría hecho tanto bien seguir a Bernie Madoff y a (ni tan) Santos Ramírez -y pensando de soslayo en el homo economicus- analicemos el remate del libro que me parece brutalmente honesto:

“Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.”

 

Fincher, Roth, Pitt, Blanchett

Fincher, Roth, Pitt, Blanchett

El relato “The Curious Case of Benjamin Button” de F. Scott Fitzgerald publicado en Tales of the Jazz Age (1922) dió lugar al libreto de la película homónima. En el original al señor Button le presentan a su hijo recién nacido, un amasijo de piel y huesos con la apariencia de un anciano de setenta años que le pregunta: ¿tú eres mi padre?. Button responde: “¿De dónde en el nombre del Señor vienes tú? ¿Quién eres tú? y Button junior dice: “No puedo decirte exactamente quien soy yo” (…) “porque he nacido hace unas pocas horas – pero mi apellido es ciertamente Button”. Como puede verse Benjamín Button no nace siendo precisamente un bebé. En la parte siguiente del relato el señor Button viste a su hijo que mide poco menos de 175 cm. Este último le pregunta cuál irá a ser su nombre y Button padre contesta: “…pienso que te llamaremos Matusalén”. Afortunadamente desiste de esa intención y se lo lleva a casa. Para él Benjamín es un bebé así que decide tratarlo como tal. Pero Benjamín tiene pensadas otras cosas: come pan con mantequilla, no se interesa por los juguetes, fuma e incluso lee la Enciclopedia Británica. La sociedad de Baltimore -no la New Orleans del libreto y la película- acepta al retoño de los Button. Sus maneras no son las de un niño:

“…Lo juntaron con varios niños, y él pasó una tarde aburrida tratando de interesarse con las canicas -incluso consiguió, accidentalmente, romper una ventana de la cocina con una piedra usando una resortera, una proeza que secretamente encantó a su padre. Así que Benjamin trató de romper algo todos los días, pero sólo hacía estas cosas porque era lo que se esperaba de él, y porque estaba naturalmente obligado a hacerlo.

Cuando se disipó el antagonismo inicial de su abuelo, Benjamin y ese caballero  disfrutaron mucho uno en compañia del otro. Podían sentarse por horas (…) y como compinches de toda la vida, discutir con monotonía incansable los lentos eventos del día” 

En contraste el libreto de Eric Roth hace nacer a Benjamín con las dimensiones de un bebé que tiene facies de anciano y es incapaz de hablar. Fitzgerald puntualiza que Benjamín tiene conocimiento -pero no es capaz de explicar el porqué- de la avanzada edad de su cuerpo y mente al momento de nacer. Roth sitúa al Benjamín fílmico en un hogar de adopción y le concede poder leer unas cuantas palabras vacilantes rumbo a la primera década de vida. En el relato el asunto del rejuvenecimiento es advertido por Benjamín alrededor de los doce años. Su intuición excepcional le hace preguntarse “¿será posible?”.

Fitzgerald resuelve con ironía los años de la medianía entre los doce y veintiuno cuando aclara: “Suficiente registrar que fueron años de decrecimiento normal”. En este período Benjamín intenta matricularse en Yale lo cual no es posible pues no consigue convencer a maestros y alumnos de que realmente tiene dieciocho años. Poco después comienza a frecuentar el círculo de su padre y una tarde en la que este último se siente melancólico le dice a Benjamín: 

“El negocio de los textiles tiene un gran futuro”. Fitzgerald añade: (Button) no era un hombre espiritual – su sentido estético era rudimentario. 

Y como evidencia de esa precariedad Fitzgerald escribe (habla Button):

“Los viejos como yo no pueden aprender nuevos trucos,” observó él profundamente. “Son ustedes los jóvenes con energía y vitalidad que tienen el futuro ante sí”

¿”Jóvenes” con energía y vitalidad como Benjamín?

Benjamín conoce  a Hildegarde, su “amor a primera vista” y futura esposa (de quien Fitzgerald escribe que era “bella como el pecado”). A ella sus contemporáneos le parecen frívolos y sólo Benjamín, que aparenta cincuenta, está “justo en la edad romántica”. En este punto el relato difiere del libreto fílmico porque no se trata de una historia de amor “para toda la vida”: Fitzgerald dice descarnadamente que tras cierto tiempo de continuo decrecimiento a Benjamín solo le preocupaba una cosa: A los treinta y cinco “su mujer había dejado de gustarle”. Los encantos de la adorable Hildegarde no tardaron en desvanecerse, ella se tornó “muy asentada, muy plácida, muy conforme, muy anémica en sus emociones y de un gusto muy sobrio”. Esto provoca la ruptura definitiva. Su agitado y gozoso estilo de vida dificulta el cumplimiento de sus deberes laborales y familiares. Su hijo le suplanta a cargo del negocio familiar. Finalmente llegan los años inciertos de la juventud, la adolescencia, la niñez. Benjamín juega con su nieto, requiere niñera y alimentación especial. Las cosas dejan de tener significado concreto, gradualmente pierde todos sus recuerdos, su mundo se reduce a lo mínimo, las sensaciones se tornan vagas. Eventualmente la oscuridad suplanta todo.

Y en la película vemos un desfile de anécdotas a manera de parches para llenar la vida de un sujeto destinado a que no le pase nada. Trasplantado al siglo XX Benjamín Button conoce ancianos impactados por rayos, sopranos, pigmeos buscavidas, capitanes, esposas-sonámbulas-de-diplomáticos, algunas mujeres (a estas últimas podríamos decir que biblicamente), a su padre y su abolengo. Se hace a la mar, sufre en carne propia la guerra y se torna un vagabundo. Todo esto como un requisito para no caer en cuenta de las casi tres horas de proyección…

El original nos habla de la insustancialidad de la vida y aquí Roth trata de hacernos creer que no es así, que algo queda, o como dice la meliflua Daisy (alter ego de Hildegarde): “(que) algunas cosas perduran”.  

Por eso, sobre original y versión libre, sigo prefiriendo aquel relato de Alejo Carpentier: 

“Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.” (Viaje a la semilla – 1944)

 

 

Alejo Carpentier

Alejo Carpentier

 

Segunda parte de la trilogia "El declive del estado de bienestar"

Segunda parte de la trilogía "El declive del estado del bienestar"

Los setenta. El libro tiene un inicio Bond: secuencia de acción que nos describe el ataque terrorista a la embajada alemana en Estocolmo por el grupo Baader-Meinhof, probablemente aparición -en este caso nada rutilante- del protagonista seguida de explicación pormenorizada de los sucedido. Terminada la primera parte da la impresión de que hay un asunto no resuelto que será investigado mucho tiempo después. Inicia la segunda parte a finales de los noventa y vamos por otro derrotero: un asesinato pone en escena otra vez al investigador y protagonista, Bo Jarnebring y su compañera Ana Holt. La víctima, un tal Eriksson, ha sido hallado muerto en su departamento. Ignoramos el móvil. La vida de Eriksson, funcionario de medio pelo, es un misterio. Se sabe que fue próspero, probablemente por especulación financiera. Bäckstrom, el investigador a cargo,  supone que el asesinato fue motivado por un asunto pasional pero no aporta pruebas concretas para sustentar esa creencia. Cuando la investigación parece estancarse un policía involucrado tangencialmente en el incidente setentero con el que comienza el libro, un tal Stridh, aborda un día a Jarnebring con una sugerencia alocada: los dos casos están relacionados. Un nuevo salto y ahora estamos en marzo del 2000. Johannson, el mejor amigo de Jarnebring y jefe de la policía de seguridad sueca es informado de la existencia de cuatro colaboradores suecos en el incidente terrorista en la embajada alemana: Eriksson es uno de ellos. Sus únicas amistades conocidas, unos tales Welander y Tischler también figuran en la lista. Se desconoce la identidad del cuarto personaje involucrado y resulta que el predecesor de Johannson, Erik Berg, fue quien filtró la información sobre el cuarteto. No obstante Berg no está disponible y Johannson tiene que hablar con un individuo llamado Persson, un expolicía y antiguo colaborador de Berg que confirma la sospecha sobre Eriksson y además le explica a Johannson que nunca fue fichado porque trabajaba como informante para la policía. El encuentro entre Persson y Johannson termina con un dato interesante: podrá conocer la identidad del cuarto hombre visitando a Stridh, el don nadie que sugirió a Jarnebring la relación de los dos casos. Precisamente Stridh identifica el “cuarto hombre” que en realidad es mujer y para complicar las cosas un pez gordo del gobierno.

Johannson decide reabrir la investigación cuando faltan unos días para la prescripción del crimen de Eriksson. Por todo lo que está en juego él mismo advierte a su grupo que realmente no están tratando con un caso de homicidio.

Leif GW Persson

Leif GW Persson

 

Otro tiempo, otra vida (Leif GW Persson) es la segunda parte de la trilogía llamada “El declive del estado del bienestar” que está centrada en torno a los sucesos del asesinato no resuelto del primer ministro sueco Olof Palme el 28 de febrero de 1986. Otro tiempo… es un libro ágil que nos va contando lo sucedido en entregas. Persson emplea un amplio repertorio de recursos para hacernos participar de la investigación. Por ejemplo nos permite saber lo que están pensando los protagonistas, que afortunadamente no sólo tiene que ver con el misterio a resolver. Su experiencia de primera mano en criminología también colabora en el éxito del libro para transmitirnos verosimilitud. Encontré este libro durante una tarde de paseo en Bogotá y la verdad espero poder conseguir los otros dos integrantes de la trilogía: “Entre la promesa del verano y el frío del invierno” y “En caída libre, como en un sueño”. No es curioso que siendo sandwich me haya topado con el ídem de la colección.

El estado de bienestar aludido consiste en (la) 

“provisión y satisfacción de ciertas necesidades consideradas básicas de carácter económico, educativo, sanitario, etc., sancionadas por las sociedades modernas desde instancias diversas, así privadas como públicas, al amparo del Estado como garante y regulador” (http://www.educajob.com/xmoned/temarios_elaborados/filosofia/El%20Estado%20de%20bienestar.htm)

Los creadores del estado de bienestar reconocieron que la acumulación capitalista de riqueza por los propietarios implica el empobrecimiento de los no propietarios. La intención de las medidas sociales no es eliminar ese fenómeno de desigualdad sino limitar sus efectos mediante una redistribución menos discriminatoria de la riqueza producida. Sin duda el declive del subtítulo nos confronta con muy malas noticias que entendemos en una dimensión totalmente diferente ante la crisis mundial actual. 

Imaginen un europeo, polaco para precisar el dato, que decide acompañar a un amigo en un viaje trasatlántico hacia Argentina. En la víspera se dirije a la oficina consular para conseguir un visado. Llega tarde por unos minutos y la oficina ya está cerrada. La casualidad le asiste: la llegada en tropel de un equipo de fútbol que solicita el trámite le anima a probar suerte otra vez, esta vez con éxito. Así este individuo, cuyo nombre de pila es Witold consiguió viajar a Argentina. Si el incidente que acabo de contar resulta una afortunada pero intrascendente anécdota no aplica lo mismo para la fecha de arribo a Buenos Aires: 22 de agosto de 1939, ¡Unos días antes del inicio de hostilidades de la segunda guerra mundial, precisamente contra Polonia! Y en Argentina este involuntario exiliado polaco vivirá durante 23 años.

Witold Gombrowicz escribe sobre la inmadurez y la forma: Puesto que “la forma es algo en lo que nos refugiamos para esconder nuestra desnudez” con esa apariencia convencional de absoluto y perfección tratamos de ocupar el lugar de lo inmaduro que no queremos admitir, lo parcial… o como dice en Ferdydurke, la obra que con un grupo de amigos tradujo en Buenos Aires:

“…¿Quien de nosotros sabría admirar a los grandes genios si en la escuela no se le hubiese puesto bien en la cabeza que son grandes genios?”

“¡Por la repetición, por la repetición se crea la mitología!”

“…¿Decidme como pensáis? ¿acaso según vuestra opinión el lector no asimila sólo partes y sólo en partes? Lee, digamos una parte o un pedazo e interrumpe, para, dentro de algún tiempo, leer otro pedazo; y a menudo ocurre que empieza desde el medio o, aún desde el final, prosiguiendo desde atrás hacia el principio”

“Mas preguntemos todavía si aquella obra vuestra, única, excepcional y tan trabajada, no constituye solo una partícula de treinta mil obras, también únicas y excepcionales que aparecen en el transcurso del año ¡Malditas y terribles partes! ¡Para eso, pues, construimos el todo: para que una partícula de la parte del lector asimile una partícula de la parte de la obra y sólo en parte”

“…aquellos cánones y principios de la construcción que nos esclavizan tanto son también producto de una parte solamente (…) y de una parte por cierto insignificante”

“¿Acaso no veis, entonces, cuántos diversos y a menudo extraestéticos factores (…) se reúnen en la grandeza de nuestros maestros y en esta semioscura, turbia y fragmentaria convivencia nuestra con el arte que ingenuamente definís con esta frase: que el Poeta, inspirado, canta y el oyente, encantado, oye?”

“¡Oh, poder de la forma! Por ella perecen las naciones. Ella origina guerras. Ella origina que entre nosotros nazcan cosas que no son de nosotros. Sin ella no alcanzaréis a comprender la tontería ni el mal, ni el crimen. Ella rige nuestros más minúsculos reflejos. Ella está en la base de toda nuestra vida colectiva”

Con esas credenciales no extraña el exabrupto mutuo con Borges: él tilda de abstracta la obra del autor de Ficciones, (tal) “como corresponde a la condición de un ciego”. Y Borges afirma que Gombrowicz no es otra cosa que “un invento de Mastronardi”, “un histrión” que a pesar de portarse a veces conciliador “…Aprecio a este escritor, pero confieso que pertenecemos a mundos muy diferentes“  según cuenta la leyenda al momento de abandonar definitivamente Argentina gritó a los cuatro vientos una sentencia “¡Maten a Borges!” que “lamentablemente” no cumplieron sus acólitos.

Y hablando de Borges, en su “Historia del guerrero y la cautiva” (El Aleph, 1949) las identidades se intercambian, el bárbaro termina fascinado por la civilización y por ella da su vida mientras que la inglesa cautiva de los indios se vuelve una india más y repudia la civilización. Curioso que la vida del histrión polaco también haya sido una transfiguración, una contradictoria y parcial -no podía ser de otra manera- y no absoluta como ocurre con los personajes de Borges:

“Cómo habrá sido este asunto de partir… fue como si una gigantesca mano me hubiese tomado del cuello de la camisa para sacarme de Polonia y arrojarme en esta tierra perdida en el medio del océano –perdida pero europea… apenas un mes antes de la guerra. Me pregunto porqué  aquella mano no me puso en Europa occidental. Porque, supongo, hubiese terminado en París. Si no hubiera dejado Europa hubiese vivido en París después de la guerra, casi con seguridad. Pero la mano no pareció quererlo así porque, a la larga, París me hubiese convertido en un parisino. Y sentía el deber de ser anti-parisino. Es que, por esos tiempos, no estaba lo suficientemente inmunizado. Mi destino era pasar muchos más, largos años en los bordes de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de sus aparatos literarios, escribiendo, como dicen hoy en Polonia, ‘para los cajones de escritorio’. Miren el mapa. Sería difícil elegir mejor lugar que Buenos Aires. La Argentina es un país europeo. Uno siente allí la presencia de Europa, aun más fuertemente que en la propia Europa, pero al mismo tiempo uno está fuera de Europa –y además, en aquel país ganadero, no se aprecia la literatura. 
Magia. Una casi preconcebida forma de vida. Cuanto más nos alejamos de la Forma, más nos sometemos a su poder. Misteriosas contradicciones, contrastes…” 

(traducción de Ernesto Resnik de W.Gombrowicz – “A kind of testament” – 1973)

Supongamos que hayas resuelto el enigma del universo, ¿cuál es tu 

destino? Supongamos que hayas arrancado a la verdad todos sus 

velos, ¿cuál es tu destino? Supongamos que hayas vivido feliz cien 

años, y vayas a vivir aún cien años más, ¿cuál es tu destino?

(Cuarteto XVII, Rubaiyyat – Omar Khayyam)

 

Edgar Fitzgerald escribe en la introducción de su versión inglesa de los Rubaiyyat que tres ilustres persas coincidieron en su juventud en la ciudad de Naishapur bajo la tutela del Imán Mowaffak, famoso por la creencia de que estudiar con él deparaba el honor y la felicidad. Sabemos esto por el wasiyat (testamento) de uno ellos: el visir Nizam ul mulk, puntal del imperio selyúcida. Sus famosos condiscípulos no son otros que Hakim Omar Khayyam y Hassan Sabbah. Este último pronunció -según nos dice Nizam ul mulk a través de Fitzgerald:

 “Es una creencia popular que los pupilos del imán Mowaffak alcanzarán la fortuna. Ahora, aún si no todos la alcanzamos, sin duda uno de nosotros lo hará; ¿cuál será entonces nuestro mutuo compromiso y obligación? “Nosotros respondimos –añade el visir- “Sea como te place” Y el dijo “Bien, hagamos una promesa, que aquel a quien premiase la fortuna, la compartirá por igual con el resto sin reservar preeminencia para el mismo”. “Así sea” replicamos, y en esos términos comprometimos nuestras palabras…”

Evidentemente el agraciado por la fortuna fue Nizam y mucho tiempo después -de acuerdo a lo convenido- sus antiguos condiscípulos le solicitaron que cumpliera su promesa. Eso sí de manera muy dispar: Hassan Sabbah pidió un puesto en el gobierno lo cual le fue concedido por intercesión del visir ante el propio sultán. Sin embargo la “ambición oriental” selló su desgracia pues al intentar suplantar a su benefactor y amigo mediante intrigas Hassan fue defenestrado y exiliado. Con el tiempo se convirtió en líder de la secta de los ismaelitas y mítico señor de Alamut, la inexpugnable fortaleza de los Asesinos. Desde Alamut -la “lección del águila”- Hassan sembraría el terror por todo el islam : entre sus víctimas figuraría el propio Nizam ul mulk.

Muy distinto proceder el de Omar. Dice Nizam:

Omar Khayyam también acudió con el visir, pero no para pedir título u oficio. “La mayor bendición que puedes conferirme, le dijo, es dejarme vivir en una esquina bajo la sombra de tu fortuna, para diseminar las ventajas de la Ciencia, y orar por tu larga vida y prosperidad” 

Así el poeta-astrónomo y matemático cuyo apellido significa “constructor de tiendas” (esa era su ocupación antes de ser favorecido por Nizam) vivió en Naishapur bajo la protección del visir, escribiendo cuartetos (rubaiyyat) que tratan de la vida, o como diría Byron Forbush (The Biblical World, 1905): 

“…(sin) visión (de) idealista, siempre sonriendo, vago, voluble; sino con la de aquel que no parpadea ni es ciego, que no se interesa por la tradición ni la autoridad; “demasiado sabio”, como ha dicho John Hay, “para ser absolutamente poetas, y aún así ciertamente muy poetas para ser implacablemente sabios.”

Forbush y Hay hablan en plural pues comparan a Omar con el Koheleth -la voz que nos relata el libro que conocemos como Eclesiastés. Juzguen ustedes si está justificada la comparación o si aplica mejor algún otro epíteto como librepensador, vividor, bohemio, genio, hombre de ciencia, sofista, cínico…,etc.

 

Cuando vaciles bajo el peso del dolor, y estén ya secas las fuentes de 

tu llanto, piensa en el césped que brilla tras la lluvia; cuando el 

resplandor del día te exaspere, y llegues a desear que una noche sin 

aurora se abata sobre el mundo, piensa en el despertar de un niño.

(VIII)


 

Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, procura ser feliz 

hoy. Coge un ánfora de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe, 

mientras te dices que quizás mañana te busque, en vano, el astro de 

la noche. (XI)

 

Bien sabes que no tienes ningún poder sobre el destino, ¿por qué la 

incertidumbre del mañana motiva tu ansiedad? Si eres prudente, 

goza el momento que pasa; lo futuro, ¿qué encerrará? (XIII)


Caeremos en la ruta del amor, y nos pisoteará el destino. ¡Oh, mi 

pequeñuela! ¡Oh, mi preciosa copa! Levántate, y dame tus labios, 

antes de que me convierta en polvo. (XIV)

 

Todo el mundo quisiera marchar por la senda del conocimiento. 

Unos la buscan afanosamente; otros dicen haberla encontrado ya. 

Mas un día una voz clamará: “No hay ruta ni sendero.” (XIX)

 

El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio. La vana ciencia de 

los hombres: palabras. Los pueblos, las bestias y las flores de los 

siete climas: sombras. El fruto de tu continua meditación: nada. (XX)

 

Gira la ruleta, indiferente al cálculo de los sabios. Renuncia al 

esfuerzo vano de contar las estrellas. Medita más bien en esta 

verdad: habrás de morir, no soñarás más, y los gusanos de la 

tumba, o los perros vagabundos se disputarán tus despojos. (XXII)

 

No trates de encontrar amigos en la mundana feria que atraviesas;

no busques más un asilo seguro. Soporta con entereza el dolor y no

suspires por un remedio que no has de hallar. Sonríe en el 

infortunio y no esperes de nadie una sonrisa: perderías el tiempo. (XL)

 

¡Qué mezquino el corazón que no sabe amar! Si no estás enamorado, 

¿cómo puedes gozar con la deslumbrante luz del sol o la suave 

claridad de la luna? (LVII)




 

Alfredo Bryce Echenique

Alfredo Bryce Echenique

Es bastante conocida la sentencia “las excusas son como el culo…” pero para excusas dignas de museo me quedo con las de Bryce Echenique. Quizá alguna vez uno pueda excederse con las citas, intentar colgarse al estilo de otra persona, copiar por el gusto de copiar y celebrar el pecadillo sin comillas ni sic o dixit, pero hacerlo descaradamente en dieciséis ocasiones y a texto completo, incluído el título (obra maestra del copy-paste, técnica de tanto predicamento entre muchos estudiantes y aspirantes antaño buenos capitanes ahora meros ganapanes: gracias, Machado) es, por decirlo suave, inaudito. Y este hermano fatuo de Charly García sale al ruedo y presuroso responde en pésima faena pura utilería y salvas pero eso sí, muy torero. Transcribo la nota de Efe tomada de “La Prensa” (La Paz, 10 de enero del 2009):

 

“Según Indecopi, los textos copiados son Potencias sin poder y La nueva amenaza nuclear, del embajador peruano Oswaldo de Rivero, que fueron publicados en mayo de 2005 en la revista peruana Quehacer

Del diario La Vanguardia, de Barcelona, Bryce Echenique tomó los textos Uso social del tabaco, de Eulalia Solé; Londres busca detectives, de Carlos Sentís; Cómo combatir el terrorismo, de Joseph María Puigjaner, y Ségolene, de corazón, de Francesc-Marc Alvaro. 

De la revista Anuies, de México, el escritor se apropió de William Blake y los proverbios del infierno, de Jorge de la Paz. 

Del Periódico de Extremadura, el autor de Un mundo para Julius tomó el artículo La leyenda de John Lennon genera cerca de 19 millones de euros al año, de Nacho Para. 

El Indecopi expresa que la revista Jano, de España, fue la que más plagios sufrió por parte de Bryce Echenique, quien tomó de esa publicación los textos La estupidez perjudica seriamente la salud, de Jordi Cebri Andreu, y Estrellas médicas, de Sergi Pámies. 

De esa misma publicación, Echenique plagió La angustia de Kafka y John Steinbeck, un novelista de los oprimidos, del autor Juan Carlos Ponce; John Ford, la épica del Western, de Blas Gil Extremera, El psicoanálisis de Woody Allen, de Benjamín Herreros, Cultura y civilizaciones, de Cristóbal Pera, y La enfermedad de la nostalgia, de Luis M. Iruela.”

Bryce manda a su abogado que declara: “si ellos han sido publicados, niega haber autorizado su publicación” (Efe). Y no contento con ese desborde de genialidad, retórica y argumento el autor del Rimac añade: 

“Mis allegados conocen mis técnicas de escritura. La realidad debe plagiarse y las letras son una forma de plagio de la realidad. Yo no incumplí ninguna falta contra la literatura, tal vez sí con la realidad.”

(…) “La literatura o los escritos literarios no pueden ser plagios, porque son universales”.

¡Caso de corte compañero!

El autor sugiere que ese celo excesivo de una institución pública (peruana) por inculparlo es sospechoso. Apunta directamente al entorno del ex presidente Alberto Fujimori y supone un ajuste de cuentas por oponerse a ese siniestro político. Tendría que añadir que “está dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias para proteger la verdad y para lavar su honra…”. En fin, uno ya sabe aquello del “miente…que algo queda”.

Tenía que ser un gran cínico (Francois de la Rochefoucauld; “Máximas”) quien nos explique:

El amor propio es más listo que el hombre más listo del mundo”

“Es prerrogativa de los grandes hombres solo tener grandes defectos”

Y probablemente esta frase sería del agrado de Echenique:

“Las únicas buenas copias son aquellas que exhiben los defectos de los originales”


 

 

Jonathan Littell

Jonathan Littell

El libro de Littell (“Las benévolas”) ha causado revuelo. Su estilo ha sido tildado de anacrónico, le han considerado un ladrillo “impregnado” de Tolstoi y Grossman, “carente de pacto de ficcionalidad”, hijo pródigo de “Shoah”, y otras especies dotadas del sempiterno tufillo de los especialistas. Causa malestar lo periférico, como su arrogante postura ante la asignación del Goncourt (que no quiso recibir) o su conducta tajante ante las entrevistas, pero suele decirse poco de su texto y lo más importante, de sus motivos para escribir. Francés (gringo nacionalizado francés para ser exactos), políglota, joven, neurótico, obsesivamente documentado, nihilista y ajeno al stablishment: Voilà, avoir un enfant terrible!

 

"Les Bienveillantes" (Gallimard, 2006)

"Les Bienveillantes" (Gallimard, 2006)

Al parecer Littell realizó una investigación multidisciplinaria (historia, cine, linguística, musical, etc.) durante algunos años pero la escritura le ha tomado cosa de meses. Prodigioso. Y lo mismo puede decirse de algunas partes del libro que he disfrutado releyendo: sus puntos fuertes suelen ser variados. En contraste, cuando el andar se hace lento también suele tropezar en digresiones similares matizadas por la neurastenia -habitualmente diarreica- y el lirismo onírico. ¿Podía esperarse algo distinto teniendo en cuenta que Las Benévolas fue escrito como el blitzkrieg? Quizá la extensión es otro argumento estilístico que ayuda a poblar el universo de maldad del ostfront sin decirnos nada directamente sobre cosas concretas pues el drama crece en interés supratextual. Inadmisible entonces el prejuicio de identificar cháchara en la voz de un effete (aunque Littell dice “no estar seguro de que Aue sea homosexual”) que sale de la masa de personas normales, ciudadanos de bien de la correctísima Alemania de posguerra y abraza la ideología desmesurada de los nacionalsocialistas para verse inmiscuido en la solución final al problema de los judíos, la Endlösung der Judenfrage. ¿Puede algo preparar a una persona por muy normal y culta que sea para ese horror incomparable? Y más importante todavía: una vez involucrado ¿quien puede ser capaz de tolerar la cotidianeidad: el amor, la belleza, las artes, aspiraciones sociales, cualquier trato humano, etc.? En buena parte del libro ese dilema le pasa factura a Aue y vemos el inicio del exterminio como si se tratase de un drama fársico o una máquina imperfecta. Me refiero a las descripciones de la matanza previas a la fase de la gasificación, aquellas con gran participación directa -artesanal podríamos decir- de la tropa. Las consecuencias en Aue y en los otros a los ojos de Aue son un logro de proporciones del relato como lo es la transformación que sufren los descampados y los bosques donde los bandos -regulares o no- se ven obligados a “sembrar” cadáveres. Debemos coincidir con el autor que esa máquina variopinta está destinada a fallar, que sus piezas son solo eso en las manos de una mano ejecutora inclemente, feroz y metódica que actúa según argumentos éticamente reprobables, pero argumentos al fin. Y Littell – Aue se mete en el alma del monstruo explicándonos el orden de ideas que ha llevado a la barbarie. También -sobretodo en “Alemandas”- el relato épico del teatro de operaciones logra convencer. El relato ocurre mucho después de los eventos por lo que vemos que Aue no está arrepentido. Las voces disonantes a su ideología -como las de su hermana y su cuñado- plantean un argumento que ha sido tachado de revisionista y simplista: en un pasaje memorable Una dice que los alemanes deciden exterminar a los judíos para acabar con el judío que tienen dentro, que los judíos -pueblo que ha representado al otro por excelencia- solo habían tratado de parecerse a sus huéspedes germánicos y ese error fatal resultó intolerable. Aue no opina lo mismo y sin embargo tiene visiones del Fuhrer ataviado como askenazi.

Un argumento histórico coherente que debemos seguir con interés es el de la razón de estado: aplica con Stalin, Hitler y otros tantos líderes entre los que cabría incluir a los primeros ministros de Israel. La moral es una construcción arbitraria y convencional, hipócrita donde las haya. Una nación cualquiera puede propagar la versión de que encarna la libertad, la democracia y la sujeción al derecho pero si algo amenaza sus intereses el crimen de estado surge como una opción plausible y deseable. Y entonces se pulverizan sin más los derechos humanos, el respeto a las fronteras y todos esos valores que suelen henchir las velas del contrato social en tiempo de paz. Además “más vale un pésimo conciudadano que un excelente enemigo”. Y al hablar de eso Littell no quiere absolver a los nazis si no recordarnos una verdad inobjetable y universal.

Cuando Aue termina fugando a Francia en detrimento de Thomas su cínico compañero de armas ya sabemos perfectamente que no es un ser sin fisuras en su nacionalsocialismo, capaz no obstante de cumplir su tarea puntillosamente -o por lo menos de intentarlo enfrentando el laberinto burocrático del Reich decadente- y que su respuesta violenta es evidentemente instintiva y propia del animal amenazado. Apolo y Atenea han intercedido por él. Las Erinias se han tornado en Euménides.

 

Perseo vence a la Gorgona

Perseo vence a la Gorgona

En el mito del héroe homérico -y griego en general- el varón célibe o al menos virtuoso, ocasionalmente un semidios, éticamente irreprochable, con voluntad férrea y/o fuerza o inteligencia sobrehumanas está destinado a restaurar el equilibrio o el orden cósmico que los agentes del mal han perturbado, aún cuando en el proceso no halle cabida en la sociedad que beneficia y muchas veces su heroísmo le lleve a la autodestrucción como en el caso de Heracles y Aquiles. Esa grandiosidad restaurada por los héroes hace pensar en un mundo ideal señalado por los dioses (no solo los del Olimpo: ahí tenemos a Sansón) en el que la participación y relevancia del hombre común, de la masa, es insignificante. Y cuando hablamos del antagonista del héroe el estereotipo en el que pensamos está obviamente condicionado culturalmente como la encarnación del mal y su quehacer por el mundo, un ser plagado de vicios, inmoral, réprobo y cobarde. El antihéroe del cómic, que no es otra cosa que un superhéroe que se desvía tampoco nos permite avanzar mucho más.

En el desaforado universo de los héroes míticos es patente la imposibilidad de la negociación o la lucha de parte del hombre común. La impostura radica en el supuesto de que el mundo solo puede volver a ser grandioso e ideal luego de la gesta de los Teseos, Perseos, Odiseos, Jasones y otros personajes similares. Voltaire, que entendía perfectamente esto no en vano decía que “la perfección es enemiga de lo suficientemente bueno”  y esto suficientemente bueno es el mundo en el que vivimos. Su personaje Cándido es un Odiseo a la inversa: no es discreto sino locuaz y no tiene arte para el engaño pues es, como su nombre lo sugiere, un ser “sencillo, sin malicia ni doblez”. Su prosperidad final ocurre en un ámbito campestre alejado de la aventura excelsa y gloriosa. Cándido aprende de una figura humilde las virtudes presentes en el mejor de los mundos posibles:

 

“-Sin duda que tenéis -dijo Cándido al turco- una vasta y magnífica posesión.

-Nada más que veinte fanegas de tierra -respondió el turco- que labro con mis hijos; y el trabajo nos libra de tres insufribles calamidades: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.”

Y así comenta con sus amigos:

(…) “-Las grandezas -dijo Pangloss- son muy peligrosas, según opinan todos los filósofos…”

(…) “-Tampoco ignoro yo -dijo Cándido- que es menester cultivar nuestra huerta.

-Razón tienes -dijo Pangloss-; porque cuando fue colocado el hombre en el paraíso del Edén, fue para labrarlo, ut operaretur eum, lo cual prueba que no nació para el sosiego.

-Trabajemos, pues, sin argumentar -dijo Martín- que es el único medio de que sea la vida tolerable.”

Pero eso no quiere decir que Cándido no tenga aventuras:

…Pangloss decía algunas veces a Cándido:

-Todos los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque si no te hubieran echado a patadas en el trasero de un magnífico castillo por el amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en la Inquisición, si no hubieras andado a pie por las soledades de la América, si no hubieras pegado una buena estocada al barón y si no hubieras perdido todos tus carneros del buen país de El Dorado, no estarías aquí ahora comiendo confite de cidra y pistachos.

-Bien dice usted -respondió Cándido- pero tenemos que cultivar nuestra huerta.”

Dejar de fumar es la excusa del relato en la Conciencia de Zeno

Dejar de fumar es la excusa del relato en la Conciencia de Zeno

Concientes de que el héroe clásico está dépassé apreciemos mejor la figura del antihéroe. Además de Cándido abundan excelentes ejemplos literarios como el Luis Murguía de Baroja (“La sensualidad pervertida”), el hombre subterráneo de Dostoevsky (“Memorias del subsuelo”), Akaky Akakayevich de Gogol (“El abrigo”), el Woyzeck de Büchner (obra homónina), Félicité de Flaubert (“Un corazón simple”) pero sobretodo el genial Zeno Cosini de Italo Svevo (“La conciencia de Zeno”). Al respecto Bioy Casares dice que “ese libro espléndido” le “enseñó a no ser pretencioso” (diario La Nación, 14 de enero de 1996). Zeno Cosini es, como dice Minerbi (Italica, 1971) “un hombre con una preocupación metafísica, infinitamente rico en buenos propósitos pero infinitamente pobre en buenas acciones”. La principal característica de Zeno es la alienación respecto a la sociedad a la cual pertenece. Una alienación muy particular que es aparente desde la elección del nombre: Zeno quiere decir extranjero o ajeno mientras que cosini es una palabra italiana empleada peyorativamente para designar fruslerías y zafios. Así que el personaje es ajeno a las insignificancias de su entorno social a pesar de ser al mismo tiempo integrante de sus convenciones. Zeno está públicamente alienado por su apariencia extraña, sus gestos y su malograda salud. Es ridículo y, lo más importante, no es capaz de hacer entender a otros la verdadera naturaleza de su enfermedad. Todo esto provoca que sea tildado como loco y que al principio de la historia su médico lo interne en un manicomio con la instrucción de relatar su vida como un medio para abandonar el tabaquismo. En la introspección minuciosamente descrita advertimos que Zeno vive angustiado por la temporalidad de la vida. Aún más, que los justificativos que dan seguridad a la mayoría de las personas -una de ellas su esposa- tales como el matrimonio, las posesiones y los distintos niveles de autoridad no son válidos para él. En esa visión solo la muerte es real y esa única certeza atiza su mal. Zeno se ríe de la vida, nos dice que su padre y todas las demás personas se toman muy en serio las cosas de este mundo y alientan -lo cual me parece muy importante- la inmovilidad de las cosas. Y a pesar de ser ajeno, Zeno manifiesta un deseo ferviente de cambiar para encajar en su entorno, es decir alejar al Zeno del cosini. Obviamente no lo logrará y su interés creciente por el ser separará definitivamente esas dos entidades. Ya expresé esta paradoja anteriormente: Zeno es y no es cosini, es un hombre común, plagado de vicios y al mismo tiempo es un ser en continuo diálogo consigo mismo que ve a la vida como una “enorme construcción desprovista de sentido”, “ni bruta ni bella”, un “amasijo de dolor y amor” y como una enfermedad con “crisis y lisis” indefectiblemente mortal. Su visión del hombre no es grandiosa: la malicia no se cura, el desengaño termina en lágrimas, él no es “capaz de saberse esencialmente bueno”. A través de la vida Zeno no triunfa por méritos melifluos y rimbombantes sino por su enorme comprensión intelectual que le hace aceptar su insignificancia. Esto lo separa del insufrible y malhadado personaje de Guido (su cuñado) y lo convierte -para felicidad y gozo incomparables de nosotros los lectores- en el mejor de los hombres de su casa. 

 

Joyce lo convenció para seguir escribiendo

Aron Hector Schmitz - Italo Svevo: Joyce lo convenció para seguir escribiendo

Louis Ferdinand Céline

Louis Ferdinand Céline

En Céline (“Viaje al fin de la noche”) encontramos páginas memorables y sombrías –o memorablemente sombrías- sobre la experiencia de vivir en el extranjero. LF ignora la posibilidad de adaptarse y , a la manera de Alejandro, desata el nudo Gordiano violenta y eficazmente. Uno de sus biógrafos (Vitoux) sugiere sus motivos: aventura, belleza, eroticismo, humor y transgresión como medios para la liberación definitiva de las ataduras (frialdad, gravedad, prejuicios, miedo del escándalo, propiedades burguesas y obligaciones sociales). Pero lo que realmente emprende es una revolución desde la burguesía y no como el lumpen proletario opuesto a ella que nos ofrece en el personaje de Bardamu: su mito es impersonar a este alter ego. La novela está dedicada a Elisabeth Craig, su musa y verdadera piedra de toque. No obstante todo en Bardamu (¿y en Céline?) es fallido: su existencia está señalada por el miedo a la muerte, la enfermedad, el desencanto de la humanidad y la incapacidad para cualquier compromiso. De ahí que el viaje sea tan importante en el relato, o como nos dice que sea “útil” , “ejercite la imaginación” y “todo lo demás sea desencanto y fatiga” (…) “Nuestro viaje es enteramente imaginario. Esa es su fortaleza. Va de la vida a la muerte. Gente, animales, ciudades, cosas, todo es imaginado…”

 

“Esto es el exilio, el extranjero, esa inexorable observación de la inexistencia, tal como es de verdad, durante esas largas horas lúcidas, excepcionales, en la trama del tiempo humano, en que las costumbres del país procedente te abandonan sin que las otras, las nuevas te hayan embrutecido aún lo suficiente” (…) “Todo en esos momentos viene a sumarse a tu inmundo desamparo para forzarte, impotente, a discernir las cosas, las personas y el porvenir tales como son, simples nulidades, que, sin embargo, deberás amar, querer, defender, animar, como si existieran”

Creo haber sido víctima de esa lucidez y discernimiento de las cosas.

Curiosamente leo esto cuando pienso en la migración y en el nexo con el país de origen. Para Kundera el regreso es imposible, la nostalgia es un engaño sostenido por la distancia (me refiero a su libro “La ignorancia”). Mejor si se asumen costumbres, si el pensamiento cambia. En contraste para Bardamu -y Céline- una ficción que repudia sustituye a otra temporalmente. Kundera construye personajes que mal que bien han conseguido adaptarse, Céline teje vidas de parias que deben fluir hasta fundirse con el siniestro discurrir de la noche.