Archivos en la Categoría: Mitos y leyendas

Mitos griegos y de todas las culturas

La leyenda de MemphisLa leyenda de Memphis

En el principio existió el folklore. En el ocaso del siglo pasado trató de suplantarle un contendiente, el faxlore. Luego de una victoria pírrica de este último ambos fueron reemplazados por el netlore.

Si Elvis no hubiese sido tan Elvis difícilmente se diría todo lo que se dice de él. Un congénere suyo, el “old blue eyes” Frank Sinatra también gozó de fama legendaria. Fama que le relaciona con un relato macabro que Mario Puzo incluyó en su libro “El Padrino”. En la película Coppola y Puzo nos explican pedagógicamente que Don Vito -el Padrino- intercede por su ahijado, un cantante venido a menos (alter ego de Sinatra), para conseguirle una audición a fin de conseguir un estelar. El ejecutivo del estudio no accede a la petición de Don Corleone que tiene que recurrir a “una oferta imposible de rechazar” (la cabeza de su caballo campeón de carreras apilada sobre su propia cama).  

El cine también ha dado guiños sobre el “rey”. Como ejemplos podemos mencionar “Forrest Gump” y “3000 miles to Graceland” aunque presumo que deben haber otros. Las así llamadas leyendas urbanas no son otra cosa que relatos del folklore de la sociedad moderna. El término probablemente haya sido acuñado por el folklorista Jan Harold Brunvand a partir del descriptivo “cuentos de creencias urbanas” (link a su página web). A pesar de que estas historias siempre le pasan a individuos no identificados (¿o alguien conoce a quien asegura haber avistado por primera vez al chupacabras?), a veces entrañan sucesos horrendos (extirpación de órganos, abducción), tienen origen misterioso, surgen como explicaciones sobrenaturales o simplistas de fenómenos poco comprendidos o son derivaciones arbitrarias de eventos reales y parecen haber surgido con el internet y crecer en los fértiles terrenos del correo electrónico no son más que expresiones del vigoroso y ferviente “saber popular”. Sabiduría popular que es todo menos eso y mucho menos es privativa de nuestro siglo. Durante la primera guerra mundial muchos periódicos británicos publicaron relatos de visiones de ángeles armados que luchaban del lado de los aliados en la guerra de trincheras (“Los ángeles de Mons” -link). A propósito de esto David Clarke escribe en Folklore (2002):

“…esta creencia del siglo veinte emergió de un trasfondo de tradiciones religiosas y marciales que tienen su origen final en la Edad Media. San Jorge, de quien se dice apareció para liderar a las tropas que peleaban en Mons, era tradicionalmente considerado como el patrono de los hombres de armas ingleses. (Anteriormente) San Jorge había sido invocado durante las Cruzadas y en el campo de Agincourt (…) (tal como) los franceses habían visto una visión de Juana de Arco y San Miguel, mientras que la infantería rusa había sido conducida por su propio héroe nacional, el general Skobeleff”

 

"Los arqueros" de Machen

"Los arqueros" de Machen

 

Según Arthur Machen el origen de la leyenda de los ángeles de Mons surge de uno de sus relatos literarios publicado en la prensa inglesa primero como ficción y luego como suceso sobrenatural y luego transmitido de boca en boca como suceso real.  Así que una mentalidad mágico religiosa parece ser un elemento importante para la perpetuación de estos “folk-tales” que ahora también han migrado a otras plataformas (radio, televisión e internet). Un interesante alegato titulado “REFLEXIONES ACERCA DE LA PERSISTENCIA DEL PENSAMIENTO MÁGICO – RELIGIOSO EN LAS SOCIEDADES AVANZADAS” aclara con propiedad que:

“El desarrollo del pensamiento racional parece presentar dificultades especiales para ser aceptado por la gente si lo comparamos con cambios ideológicos de otra clase. Por ejemplo, la mayor parte de las personas han aceptado y asumido, fácilmente y sin reparos, el paso desde una moral religiosa hasta otra moral laica, basada en los valores propios de las sociedades civiles maduras (democracia, tolerancia, respeto de las libertades individuales y de los derechos humanos). Mientras, son todavía pocos los que rechazan creencias erróneas basadas en mitos, supersticiones y prejuicios religiosos.”  

Es evidente que no solo las personas religiosas corren el riesgo de ser crédulas. Como dice Eco citando a Chesterton: “cuando la gente deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que empieza a creer en todo“. Lamentablemente los simples (no me juzguen, el término es de Eco -pero lo refrendo) abundan en la grey como fuera de ella a la hora de enfrentarse a historias de pies grandes, chupacabras, fantasmas autoestopistas que se dirigen a Memphis, productos milagro, siniestros usos y riesgos de la Coca cola, correos electrónicos con cadenas macabras, poemas agónicos de García Márquez, horóscopos, numerología y un muy largo etcétera.

 

 

La leyenda de Yamato-takeru

De acuerdo a dos crónicas, Kojiki (712 EC) y Nihonshoki (720 EC), el verdadero nombre de Yamato-takeru era O-usu-no-mikoto. Este personaje era el segundo hijo del décimo segundo emperador, Keikō. El futuro Yamato-takeru descolló desde temprana edad con un hecho de sangre pues a los 16 acabó con la vida de su hermano mayor que se había declarado en rebeldía y -en vista de su fiereza- acto seguido su padre le pidió someter a la tribu Kumaso. Para esto el joven O-usu-no-mikoto se vistió con las ropas de su tía Yamato-hime y enfiló rumbo al escondite de los hermanos que lideraban el clan Kumaso. Se dice que arribó a la guarida en medio de un festejo y debido a sus atributos físicos (¡gulp!) fue invitado (a) a sentarse en medio de los violentos hermanos Kumaso. En el clímax del festejo, O-usu… extrajo la espada que guardaba debajo de su falda y con esa arma eliminó al mayor de los hermanos. Luego persiguió al menor y le dió fin clavándole el arma blanca en el finisterre. Curiosamente su segunda víctima le nombró Yamato-takeru que quiere decir “El bravo Yamato”. No me pregunten porqué. 

Quizá su fama gire en torno a otra de sus aventuras. Junto a otros héroes acometió el reto de liberar a una región remota del reino sometida por déspotas y deidades falsas. Para lograrlo su tía (que era sacerdotisa) le entregó la espada más sagrada y mágica de la tradición japonesa: Kusanagi-no-tsurugi (la “cortadora de hierba”), que fue descubierta por el dios Susano-o en “una de las colas del dragón Yamata no Orochi” (Nihonshoki) y llevada a la tierra por Ninigi el nieto de Amaterasu (la “diosa gloriosa que brilla en el cielo”, es decir la diosa del sol en el shintoísmo) como uno de los tres símbolos imperiales. Yamato-hime también le dió una bolsa con pedernales para hacer fuego y le aconsejó abrirla en caso de emergencia.

Yamato-takeru llegó a Owari donde cortejó a la princesa Miyazu-hime de quien se había enamorado y siguió su viaje luego de prometer desposarla al regresar. En Sagami se libró de morir en un incendio en medio de un pastizal pues con Kusanagi hizo un claro en medio de la llanura cubierta de hierba y con el pedernal procedió a quemar un espacio detrás de sí antes de que lo cercara el frente de las llamas. Luego de una serie de aventuras pudo regresar a Owari y desposar a la princesa pero antes de retornar a Yamato decidió enfrentar -con sus propias manos- a la deidad que habitaba en la cima del monte Ibuki. A la mitad del ascenso apareció ante él un enorme jabalí blanco que Yamato-takeru decidió no atacar suponiendo que se trataba de un mensajero del dios. Sin embargo el jabalí era el dios en persona que empleando una granizada sobrenatural consiguió desplomar a Yamato-takeru provocándole además una enfermedad fatal. La corriente condujo al héroe a la orilla del mar, precisamente al sitio donde Yamato había enterrado su segunda espada. Ahí el príncipe murió luego de confiar su espada a Miyazu-hime. En su honor fue levantado un túmulo. Finalizando su epopeya el alma del Yamato emergió de la tumba adoptando la forma de un ave blanca gigante que sobrevoló por la playa y que en un esfuerzo postrero pudo alcanzar el paraíso. 

 

las 3 regalias imperiales

Espada, espejo, joya: las 3 regalías imperiales

 

Este relato del caballero que recibe dos espadas, una para confirmar su herencia real y vencer a potenciales rivales al trono y otra espada mágica que le confiere un ser místico y con la cual emprende aventuras liderando un grupo de valientes hasta el decadente encuentro final con un ser más poderoso que vence al héroe y provoca su fin -señalado por el hecho de entregar el arma portentosa a una dama a la orilla de un lecho de agua- nos recuerda otra leyenda del canon occidental: la saga de Arturo.

Batraz, el oseto

La similitud entre estas narraciones (Yamato-takeru y Arturo) sugiere un origen o influencia común indo-europea que bien podría ser asociada a los Alanos, uno de los pueblos escitios que tanto interesaron a Herodoto (libro cuarto) si es que fueron capaces de llegar hasta Japón a través de la península coreana. Esto tendría que ver con la elección de las tres regalías imperiales del shintoísmo: la espada, el espejo y la joya que según Georges Dumézil reflejarían tres funciones ideológicas indoeuropeas: soberanía final, proezas físicas y la promoción de la fertilidad de plantas, animales y humanos.

 

Escitia, bisagra de civilizaciones

Escitia, bisagra de civilizaciones

Estos alanos aparecen en Europa provenientes del este con el declive del imperio romano, y según algunas fuentes, son -junto con los Sarmatios- verdaderos “proto-caballeros” medievales pues a diferencia de las legiones romanas ya emplean la caballería, empuñan lanzas y espadas largas y pesadas diseñadas para golpear y cortar. Uno de los pueblos alanos que sobrevive hasta la actualidad es el oseto (¿recuerdan el reciente incidente suroseto, ruso y georgiano?). En el folklore oseto existen sagas que hablan de los héroes nardos, cuyo líder era Batraz. Según estas tradiciones Batraz recibe una espada mágica de su tía, la sacerdotisa Satana (la “madre de cien hijos”). Con el arma prodigiosa el héroe es capaz de vengar la muerte de su padre y emprender diversas aventuras. Sin embargo Batraz se desvía del camino recto y se vuelve un villano. Por eso su dios le castiga con males físicos. Ante esto Batraz decide aceptar el designio divino y solicita a los sobrevivientes de su cuadrilla que le asistan deshaciéndose de su espada (arrojándola al mar), lo cual provocaría su muerte. Pero debido a que hacer eso supondría un esfuerzo mayúsculo -pues la saga dice que solo Batraz era capaz de sostener el arma- sus hombres prefieren esconderla y le dicen que han obrado según su voluntad. Conciente del engaño Batraz los increpa así que los nardos obedecen: el arma se hunde laboriosamente “enturbiando el agua con el color de la sangre” y desatando una tormenta espeluznante. Batraz muere al ver satisfecho su deseo.

Yamato-takeru, Batraz, Arturo… qué más decir: ¡Nada nuevo bajo el sol!

 

Excalibur (1981)

Excalibur (1981)

 

Odiseo escucha el canto de las sirenas

Odiseo escucha el canto de las sirenas

Según un artículo anónimo de articleworld.org un sex symbol es “una persona famosa públicamente reconocida por su atractivo sexual”. Creo que todos podemos reconocer un espécimen así y, en el caso de los varones heterosexuales, en lo único que podríamos diferir es en “cuántos kilos de cadera son cadera” lo que a fin de cuentas importa poco. Mujeres guapas, voluptuosas, bien proporcionadas o mórbidamente desproporcionadas, blancas, negras, amarillas, etc.: todo vale, pero como dije no todo es importante. Dos relatos pueden ayudar a entender de que estoy hablando:

 

 

“Cuando el rabino Elimelech de Lizensk era todavía un hombre joven, permanecía todo el día en la casa de estudio, y de noche caminaba a casa a través del bosque, siempre tomando el mismo camino. Una noche, cuando se dirigía a su hogar, vió una luz brillando en la distancia. Curioso por saber de dónde venía, abandonó el camino y la siguió. Poco después apreció que provenía de una cabaña, una que nunca antes había visto en el bosque. Al acercarse observó a través de la ventana y ahí vió una mujer con cabello largo y oscuro que estaba vestida con una muy delgada bata.

Al ver esto, Elimelech supo que no pertenecía ahí y se dio vuelta para irse. En ese preciso momento se abrió la puerta de la cabaña, y la mujer le dijo: “¡Reb Melech, espera! Por favor, pasa”. Así que Reb Elimelech entró. Y la mujer cerró la puerta, se plantó delante de él y dijo: “Reb Melech, te he visto pasar a través del bosque muchas veces, y a menudo he deseado que me visitaras. Tú sabes, hoy me he bañado en el riachuelo, así que estoy limpia. El pecado será leve, pero el placer será abundante”. Dicho esto dejó caer su bata.

Reb Elimelech la contempló y luchó consigo mismo, como Jacob hizo con el ángel. Al final pronunció agitadamente la palabra “¡No!”. Y en ese instante la mujer se desvaneció, la cabaña desapareció ante sus ojos y Reb Elimelech se halló solo en el bosque. Solo quedaban gusanos a sus pies. (Schwartz, Howard. Reimagining the Bible: The Storytelling of the Rabbis, New York Oxford University Press (US), 1998 )

El otro relato no tiene esa intención moral, pero gana en carácter épico. Dice Circe:

Oye ahora lo que voy a decir y un dios en persona te lo recordará más tarde. Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a sus hogares; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía.” (La Odisea, canto XII)

Tanto Reb Elimelech como Odiseo superan in extremis a la adversidad, al mal encarnado en lo femenino. Elimelech no solo enfrenta a su lujuria sino que se le opone la inteligencia de la innombrada Lilith, la subversora que resultó demasiada pieza para el edulcorado Adán. Con premonición y algo de sentido común la narración identifica la inclinación al mal presente en todos los hombres, inclusive los buenos a priori como el rabino. Esa inclinación en una vertiente deliberadamente sensual le hace plantear la estratagema del mástil a Odiseo. He encontrado un prodigio hermenéutico que identifica el pasaje como una escisión de la persona de Odiseo: los marinos son el cuerpo, carnal, débil y sujeto al encanto de las sirenas. Como tal deben tomarse previsiones para evitar el desastre. La mente es el propio Odiseo atado al mástil, capaz de ver y oír, “pero se ha aferrado por propia voluntad a la determinación de llegar a destino”. Moralina pura: Odiseo puede ver y oír, porque quiere hacerlo, porque los encantos de las sirenas, como los de Lilith, son una mezcla encantadora y feroz. Feroz como lo que describe Eduardo García Aguilar (Entrada sobre BB):

Lilith según Collier

Lilith según Collier

“…¿Qué tenía esa mujer? Un cuerpo y una gestualidad únicas para romper con las tradiciones en boga en los años 50, cuando emergió en las pantallas del mundo. Poseía un rostro inolvidable y perverso, una sonrisa tierna y pulposa como ninguna otra y una gracia de gestualidades que la hacía brillar aunque fuera pésima actriz y cantante. Todos los hombres y las lesbianas del mundo soñaron con ella, pues era sexo y deseo puros, ángel total independiente y rebelde de cuyos labios y ojos emanaba la fertilidad hormonal nunca soñada por el Marqués de Sade, Georges Bataille, Alain Robe-Grillet y Charles Bukowski juntos. Tenía los labios más carnosos de la historia, ventosas del mal y el bien y su rostro realzado por el rímel, el maquillaje y el lápiz labial era tentación y ejemplo para las Lolitas de su tiempo. Ninguna, ni Marylin Monroe, a quien admiraba, o Catherine Deneuve, que pretendió emularla infructuosamente, lograron superarla en la leyenda del ser oscuro objeto del deseo mundial de mujeres y hombres.”

Esto dice respecto a la inconmensurable Brigitte Bardot. Con poco que añadir les dejo un fragmento de la abominable letra de “Initials BB” de Serge Gainsbourg, pajarillo vicioso, venial a la doctrina BB y una (triste) “víctima más de sus vilezas”: 

…Jusques en haut des cuisses / Hasta lo alto de sus muslos
Elle est bottée /lleva las botas
Et c’est comme un calice /Ella es como un cáliz
A sa beauté / A su belleza
Elle ne porte rien / No le añade nada
D’autre qu’un peu / salvo un poco
D’essence de Guerlain / De esencia de Guerlain
Dans les cheveux / En los cabellos 

B Initials /Iniciales B
B Initals /Iniciales B
B Initials / Iniciales B

    B.B. / B.B…” 

Perseo vence a la Gorgona

Perseo vence a la Gorgona

En el mito del héroe homérico -y griego en general- el varón célibe o al menos virtuoso, ocasionalmente un semidios, éticamente irreprochable, con voluntad férrea y/o fuerza o inteligencia sobrehumanas está destinado a restaurar el equilibrio o el orden cósmico que los agentes del mal han perturbado, aún cuando en el proceso no halle cabida en la sociedad que beneficia y muchas veces su heroísmo le lleve a la autodestrucción como en el caso de Heracles y Aquiles. Esa grandiosidad restaurada por los héroes hace pensar en un mundo ideal señalado por los dioses (no solo los del Olimpo: ahí tenemos a Sansón) en el que la participación y relevancia del hombre común, de la masa, es insignificante. Y cuando hablamos del antagonista del héroe el estereotipo en el que pensamos está obviamente condicionado culturalmente como la encarnación del mal y su quehacer por el mundo, un ser plagado de vicios, inmoral, réprobo y cobarde. El antihéroe del cómic, que no es otra cosa que un superhéroe que se desvía tampoco nos permite avanzar mucho más.

En el desaforado universo de los héroes míticos es patente la imposibilidad de la negociación o la lucha de parte del hombre común. La impostura radica en el supuesto de que el mundo solo puede volver a ser grandioso e ideal luego de la gesta de los Teseos, Perseos, Odiseos, Jasones y otros personajes similares. Voltaire, que entendía perfectamente esto no en vano decía que “la perfección es enemiga de lo suficientemente bueno”  y esto suficientemente bueno es el mundo en el que vivimos. Su personaje Cándido es un Odiseo a la inversa: no es discreto sino locuaz y no tiene arte para el engaño pues es, como su nombre lo sugiere, un ser “sencillo, sin malicia ni doblez”. Su prosperidad final ocurre en un ámbito campestre alejado de la aventura excelsa y gloriosa. Cándido aprende de una figura humilde las virtudes presentes en el mejor de los mundos posibles:

 

“-Sin duda que tenéis -dijo Cándido al turco- una vasta y magnífica posesión.

-Nada más que veinte fanegas de tierra -respondió el turco- que labro con mis hijos; y el trabajo nos libra de tres insufribles calamidades: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.”

Y así comenta con sus amigos:

(…) “-Las grandezas -dijo Pangloss- son muy peligrosas, según opinan todos los filósofos…”

(…) “-Tampoco ignoro yo -dijo Cándido- que es menester cultivar nuestra huerta.

-Razón tienes -dijo Pangloss-; porque cuando fue colocado el hombre en el paraíso del Edén, fue para labrarlo, ut operaretur eum, lo cual prueba que no nació para el sosiego.

-Trabajemos, pues, sin argumentar -dijo Martín- que es el único medio de que sea la vida tolerable.”

Pero eso no quiere decir que Cándido no tenga aventuras:

…Pangloss decía algunas veces a Cándido:

-Todos los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque si no te hubieran echado a patadas en el trasero de un magnífico castillo por el amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en la Inquisición, si no hubieras andado a pie por las soledades de la América, si no hubieras pegado una buena estocada al barón y si no hubieras perdido todos tus carneros del buen país de El Dorado, no estarías aquí ahora comiendo confite de cidra y pistachos.

-Bien dice usted -respondió Cándido- pero tenemos que cultivar nuestra huerta.”

Dejar de fumar es la excusa del relato en la Conciencia de Zeno

Dejar de fumar es la excusa del relato en la Conciencia de Zeno

Concientes de que el héroe clásico está dépassé apreciemos mejor la figura del antihéroe. Además de Cándido abundan excelentes ejemplos literarios como el Luis Murguía de Baroja (“La sensualidad pervertida”), el hombre subterráneo de Dostoevsky (“Memorias del subsuelo”), Akaky Akakayevich de Gogol (“El abrigo”), el Woyzeck de Büchner (obra homónina), Félicité de Flaubert (“Un corazón simple”) pero sobretodo el genial Zeno Cosini de Italo Svevo (“La conciencia de Zeno”). Al respecto Bioy Casares dice que “ese libro espléndido” le “enseñó a no ser pretencioso” (diario La Nación, 14 de enero de 1996). Zeno Cosini es, como dice Minerbi (Italica, 1971) “un hombre con una preocupación metafísica, infinitamente rico en buenos propósitos pero infinitamente pobre en buenas acciones”. La principal característica de Zeno es la alienación respecto a la sociedad a la cual pertenece. Una alienación muy particular que es aparente desde la elección del nombre: Zeno quiere decir extranjero o ajeno mientras que cosini es una palabra italiana empleada peyorativamente para designar fruslerías y zafios. Así que el personaje es ajeno a las insignificancias de su entorno social a pesar de ser al mismo tiempo integrante de sus convenciones. Zeno está públicamente alienado por su apariencia extraña, sus gestos y su malograda salud. Es ridículo y, lo más importante, no es capaz de hacer entender a otros la verdadera naturaleza de su enfermedad. Todo esto provoca que sea tildado como loco y que al principio de la historia su médico lo interne en un manicomio con la instrucción de relatar su vida como un medio para abandonar el tabaquismo. En la introspección minuciosamente descrita advertimos que Zeno vive angustiado por la temporalidad de la vida. Aún más, que los justificativos que dan seguridad a la mayoría de las personas -una de ellas su esposa- tales como el matrimonio, las posesiones y los distintos niveles de autoridad no son válidos para él. En esa visión solo la muerte es real y esa única certeza atiza su mal. Zeno se ríe de la vida, nos dice que su padre y todas las demás personas se toman muy en serio las cosas de este mundo y alientan -lo cual me parece muy importante- la inmovilidad de las cosas. Y a pesar de ser ajeno, Zeno manifiesta un deseo ferviente de cambiar para encajar en su entorno, es decir alejar al Zeno del cosini. Obviamente no lo logrará y su interés creciente por el ser separará definitivamente esas dos entidades. Ya expresé esta paradoja anteriormente: Zeno es y no es cosini, es un hombre común, plagado de vicios y al mismo tiempo es un ser en continuo diálogo consigo mismo que ve a la vida como una “enorme construcción desprovista de sentido”, “ni bruta ni bella”, un “amasijo de dolor y amor” y como una enfermedad con “crisis y lisis” indefectiblemente mortal. Su visión del hombre no es grandiosa: la malicia no se cura, el desengaño termina en lágrimas, él no es “capaz de saberse esencialmente bueno”. A través de la vida Zeno no triunfa por méritos melifluos y rimbombantes sino por su enorme comprensión intelectual que le hace aceptar su insignificancia. Esto lo separa del insufrible y malhadado personaje de Guido (su cuñado) y lo convierte -para felicidad y gozo incomparables de nosotros los lectores- en el mejor de los hombres de su casa. 

 

Joyce lo convenció para seguir escribiendo

Aron Hector Schmitz - Italo Svevo: Joyce lo convenció para seguir escribiendo

Orfeo y Euridice de George Frederick Watts

Orfeo y Eurídice de George Frederick Watts RA (1817-1904)

Cabrera Infante (“La Habana para un Infante Difunto”) trastoca la frase de Ovidio y nos entrega un omnia vincit amor fatal y preciso que bien podría ayudarnos a entender el desenlace de las cuitas de Orfeo y Eurídice: cuando esta última muere Orfeo desciende al inframundo para cantar con dolorosa tristeza por su amor . Y debido a su maestría con la lira se dice que Orfeo consiguió conmover a los habitantes del averno, aún al propio Plutón y a su consorte Proserpina, lo cual le valió obtener licencia para que ambos abandonasen el infierno con una pequeña condición de la que hablaremos luego de revisar -según escribe Ovidio- el genial exordio de Orfeo (atención a las negritas):

“Deidades de este mundo subterráneo, al que descendemos cuantos nacimos mortales: he venido en busca de mi amada, pues una víbora le inyectó su veneno y le hizo perecer en la flor de la edad. He querido soportarlo y no negaré que lo he intentado, pero el Amor ha vencido. Este dios es bien conocido en las regiones superiores; no sé si aquí también lo será, aunque adivino que sí lo es, porque a ustedes también os ha unido el Amor. Por estos lugares llenos de espanto, por este inmenso Caos, por este vasto y silencioso reino, yo os conjuro a que volváis a tejer la trama del destino de Eurídice, que se ha terminado de manera tan apresurada. Todo se debe a vosotros y, después de un cierto tiempo, todos nos dirigimos aquí. Esta es la última morada y vosotros ejerceréis el más largo reinado sobre el ser humano. Una vez madura, cuando haya cumplido los años que le corresponden, ella también será sometida a vuestras leyes. Si los hados rehúsan concederme este favor para mi amada, yo estoy decidido y no quiero regresar; gozad entonces de la muerte de los dos.”

Y así, hablando en nombre del amor, Orfeo consiguió su propósito. La condición para permitirle transitar el ascenso hasta la salida del averno era caminar delante de su amada y no volver la vista atrás. Imaginemos la ansiedad del poeta tan manifiesta en el desenlace que ofrece Ovidio:

“…No estaban lejos de la superficie de la Tierra, cuando Orfeo, temeroso de perder de nuevo a su amada y ávido de mirarla, volvió los ojos para ver a Eurídice. Inmediatamente, ella resbaló hacia atrás; alargando los brazos y luchando por asirse y ser sostenida, la infeliz no cogió sino el aire impalpable. Al morir por segunda vez, no se quejó de su esposo, pues ¿de qué podía quejarse sino de ser amada? Le dirigió el postrer adiós, que apenas llegó a sus oídos, y volvió a rodar al abismo de donde salía.”

Así que el propio Ovidio parece secundar al argumento de Cabrera Infante: todo vence al amor.

¿Nos recuerda algo esta historia? Sin duda que sí, pues inmediatamente relacionamos esto con el relato de la mujer de Lot, convertida en sal por desobedecer el mandato de un Dios inmisericorde que habla exclusivamente a través de sus agentes masculinos. Pero bien dice Bloom (Homer’s Iliad Bloom’s Notes, New York Chelsea House Publishers, 1996) que nuestra moral y religión son judeocristianas y -a Dios gracias- nuestra cognición y estética son griegas. Pero vamos un poco más allá: además de versar del amor el primer mito es una alegoría del duelo lo cual es evidente en el fragmento que vimos previamente (“le hizo perecer en la flor de la edad. He querido soportarlo y no negaré que lo he intentado, pero el Amor ha vencido, (…) yo os conjuro a que volváis a tejer la trama del destino de Eurídice, que se ha terminado de manera tan apresurada”). Ambos relatos hablan de las consecuencias perniciosas de “mirar atrás”: uno sugiere fortaleza para liberarse de las sombras impuestas por el recuerdo de un ser querido y el otro es un mandato para olvidar por completo la maldad de nuestra vida pasada (aunque hay quien sugiere que eso les pasa a las mujeres por curiosas. En fin: pobres misóginos).

Y ya que estamos hablando de esto, Goytisolo ironiza sobre el despropósito del amor:

Exito de un poema

“Escribiste un poema para así deslumbrar

a una hermosa muchacha. Y el resultado fue

que la muchacha se enamoró perdidamente

del necio mensajero que entregó el poema”

 

Volviendo al mito, el siguiente es un ejemplo de algo particularmente interesante:

“I have a sonne seven years old

Hee is to me full deere;

I will tye him to a stake–

And shall see him that bee here–

And lay an apple upon his head,

And goe six places him froe,

And I myself with a broad arrowe

Shall cleave the apple in towe.”

Pero nuestro héroe no es Guillermo Tell, el paladín de Uri y ejemplo de los suizos. Esto proviene de la balada medieval de William (Guillermo) de Cloudeslee (un inglés) y relatos similares del arquero diestro que realiza la suerte con la manzana sobre la cabeza de un ser querido por el capricho de un tirano abundan aún en lugares recónditos de Asia. Esta necesidad de recrear valores universales ejemplificados por determinado personaje o de explicar sucesos de la naturaleza define el mito, que no es otra cosa que una recreación del dominio ejercido por la voluntad (del personaje o de un ser sobrenatural) sobre los eventos cotidianos.

Para finalizar una recomendación: recientemente Alessandro Baricco, filósofo antes que autor, recreó la Iliada (“Homero, Iliada”, Anagrama) de manera singular: el asedio, la lucha, el destino y la gloria de Helena, Aquiles, Menelao, Héctor y los suyos como asuntos que solo conciernen a los hombres. Y por tanto parece susurrarnos: “Anda, no te des vuelta, recuerda a la mujer de Lot: los dioses han muerto”.