Imaginen un europeo, polaco para precisar el dato, que decide acompañar a un amigo en un viaje trasatlántico hacia Argentina. En la víspera se dirije a la oficina consular para conseguir un visado. Llega tarde por unos minutos y la oficina ya está cerrada. La casualidad le asiste: la llegada en tropel de un equipo de fútbol que solicita el trámite le anima a probar suerte otra vez, esta vez con éxito. Así este individuo, cuyo nombre de pila es Witold consiguió viajar a Argentina. Si el incidente que acabo de contar resulta una afortunada pero intrascendente anécdota no aplica lo mismo para la fecha de arribo a Buenos Aires: 22 de agosto de 1939, ¡Unos días antes del inicio de hostilidades de la segunda guerra mundial, precisamente contra Polonia! Y en Argentina este involuntario exiliado polaco vivirá durante 23 años.
Witold Gombrowicz escribe sobre la inmadurez y la forma: Puesto que “la forma es algo en lo que nos refugiamos para esconder nuestra desnudez” con esa apariencia convencional de absoluto y perfección tratamos de ocupar el lugar de lo inmaduro que no queremos admitir, lo parcial… o como dice en Ferdydurke, la obra que con un grupo de amigos tradujo en Buenos Aires:
“…¿Quien de nosotros sabría admirar a los grandes genios si en la escuela no se le hubiese puesto bien en la cabeza que son grandes genios?”
“¡Por la repetición, por la repetición se crea la mitología!”
“…¿Decidme como pensáis? ¿acaso según vuestra opinión el lector no asimila sólo partes y sólo en partes? Lee, digamos una parte o un pedazo e interrumpe, para, dentro de algún tiempo, leer otro pedazo; y a menudo ocurre que empieza desde el medio o, aún desde el final, prosiguiendo desde atrás hacia el principio”
“Mas preguntemos todavía si aquella obra vuestra, única, excepcional y tan trabajada, no constituye solo una partícula de treinta mil obras, también únicas y excepcionales que aparecen en el transcurso del año ¡Malditas y terribles partes! ¡Para eso, pues, construimos el todo: para que una partícula de la parte del lector asimile una partícula de la parte de la obra y sólo en parte”
“…aquellos cánones y principios de la construcción que nos esclavizan tanto son también producto de una parte solamente (…) y de una parte por cierto insignificante”
“¿Acaso no veis, entonces, cuántos diversos y a menudo extraestéticos factores (…) se reúnen en la grandeza de nuestros maestros y en esta semioscura, turbia y fragmentaria convivencia nuestra con el arte que ingenuamente definís con esta frase: que el Poeta, inspirado, canta y el oyente, encantado, oye?”
“¡Oh, poder de la forma! Por ella perecen las naciones. Ella origina guerras. Ella origina que entre nosotros nazcan cosas que no son de nosotros. Sin ella no alcanzaréis a comprender la tontería ni el mal, ni el crimen. Ella rige nuestros más minúsculos reflejos. Ella está en la base de toda nuestra vida colectiva”
Con esas credenciales no extraña el exabrupto mutuo con Borges: él tilda de abstracta la obra del autor de Ficciones, (tal) “como corresponde a la condición de un ciego”. Y Borges afirma que Gombrowicz no es otra cosa que “un invento de Mastronardi”, “un histrión” que a pesar de portarse a veces conciliador “…Aprecio a este escritor, pero confieso que pertenecemos a mundos muy diferentes“ según cuenta la leyenda al momento de abandonar definitivamente Argentina gritó a los cuatro vientos una sentencia “¡Maten a Borges!” que “lamentablemente” no cumplieron sus acólitos.
Y hablando de Borges, en su “Historia del guerrero y la cautiva” (El Aleph, 1949) las identidades se intercambian, el bárbaro termina fascinado por la civilización y por ella da su vida mientras que la inglesa cautiva de los indios se vuelve una india más y repudia la civilización. Curioso que la vida del histrión polaco también haya sido una transfiguración, una contradictoria y parcial -no podía ser de otra manera- y no absoluta como ocurre con los personajes de Borges:
“Cómo habrá sido este asunto de partir… fue como si una gigantesca mano me hubiese tomado del cuello de la camisa para sacarme de Polonia y arrojarme en esta tierra perdida en el medio del océano –perdida pero europea… apenas un mes antes de la guerra. Me pregunto porqué aquella mano no me puso en Europa occidental. Porque, supongo, hubiese terminado en París. Si no hubiera dejado Europa hubiese vivido en París después de la guerra, casi con seguridad. Pero la mano no pareció quererlo así porque, a la larga, París me hubiese convertido en un parisino. Y sentía el deber de ser anti-parisino. Es que, por esos tiempos, no estaba lo suficientemente inmunizado. Mi destino era pasar muchos más, largos años en los bordes de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de sus aparatos literarios, escribiendo, como dicen hoy en Polonia, ‘para los cajones de escritorio’. Miren el mapa. Sería difícil elegir mejor lugar que Buenos Aires. La Argentina es un país europeo. Uno siente allí la presencia de Europa, aun más fuertemente que en la propia Europa, pero al mismo tiempo uno está fuera de Europa –y además, en aquel país ganadero, no se aprecia la literatura.
Magia. Una casi preconcebida forma de vida. Cuanto más nos alejamos de la Forma, más nos sometemos a su poder. Misteriosas contradicciones, contrastes…”
(traducción de Ernesto Resnik de W.Gombrowicz – “A kind of testament” – 1973)