Confieso que he sido tímido. Pero mis escarceos con la timidez -o si se quiere con su grado extremo, con la fobia social- no han dejado secuelas. En todo caso no algunas de las cuales quisiera deshacerme. O dicho de una manera más drástica, “curarme” como sugiere la prensa siempre a la pesca de ese tipo de noticias (“Un spray nasal contra la timidez“).
Mis ataques agudos de timidez, como los de cualquier otra persona no tan pagada de sí, pueden describirse mejor si revisamos algunos sinónimos como retraimiento (sí, pero selectivo), cobardía (quizá, ¿quién no lo ha sido alguna vez?), apocamiento (en ocasiones), falta de arresto (no sistemático), azoramiento (episódico), ñoñería (definitivamente no), poquedad (para nada), pusilanimidad (tampoco, por suerte) y turbación (extraña, pero intensamente emocional).
Si son tímidos hagan algo así y verán que revelador es…
Dan McGuire comenta (Science news, 1975)
“(que) sería interesante ver estadísticas de cuantas personas tímidas inician guerras, cometen crímenes y violencia y agreden a otros imponiéndoles sus opiniones.”
“Sospecho –añade McGuire- que muchos, si no la mayoría de las personas tímidas lo son sólo en presencia de personas agresivas y se comportan más relajados y seguros de sí mismos con gente de una naturaleza similar. La gente tímida es manipulada para pensar que ellos deben cambiar porque ellos no son como la gente agresiva o extrovertida, y (los tímidos) temen defender sus creencias frente a los más agresivos. ¡Nada más piensen que pacífico sería el mundo si los que tuviesen que cambiar fuesen los individuos agresivos!
¿Cuánto poder cerebral, creatividad, cuántas buenas cosas se han perdido a lo largo de los siglos porque la gente carece de la sensibilidad para escuchar a, o de preguntar las opiniones de la gente tímida?”
Un pensamiento similar me obliga a suponer que los tímidos pueden devenir en autoritarios, pervertidos y criminales llanos. Leo -con horror de quien puede dar un buen puñado de ejemplos de ese tipo de especímenes- a Cioran que dice:
“Cuanto menos te interesan los hombres, más tímido te vuelves delante de ellos, y cuando llegas a despreciarlos, te pones a balbucear…” (“El Ocaso del pensamiento“)
“Más que una reacción de defensa, la timidez es una técnica, perfeccionada sin cesar por la megalomanía de los incomprendidos” (“Silogismos de la amargura“)
Por eso cosas casuales -que los tímidos saludan con devoción- hacen que agarren confianza. Mucha confianza. Incluso confianza que involucra madres e hijas. Y que digan cosas como “Hola oscuridad, mi vieja amiga. He venido a hablar contigo otra vez…”
Como dirían los españoles: ¡Tío, la timidez mola!
Pero también la timidez extrema puede hacer que el siguiente texto sobre agresividad, que aplica para perros (enlace) también sea conveniente a (ciertos) congéneres:
“El animal se comporta como si estuviese en estado salvaje y atacará al verse acorralado huyendo tras la agresión. El principal motivador de este tipo de agresividad es el miedo y se deriva de un mal periodo de socialización.”
Al respecto, hay quien opina que los hijos de padres autoritarios que imponen reglas estrictas sin mucho espacio para la negociación y el consenso generan “niños ordenados y eficientes, pero también muy tímidos y dependientes” (Burgess, 2001). Lo cual me recuerda otra película: “Das Experiment” (El experimento, 2001) en la cual dos grupos de voluntarios simulan ser presos y guardias, pero sobretodo se trata de la confrontación directa del rebelde y creativo Tarek Fahd (Moritz Bleibtreu) y de Berus, el “jefe” de los guardias (Justus Von Dohnànyi) empleado de una línea aérea muy “ordenado y eficiente” -seguramente un pusilánime en las situaciones más triviales de la vida diaria- pero insospechadamente agresivo en la situación anómala que plantea la película.






