Dos curiosas noticias aparecieron recientemente en los medios nacionales e internacionales. En la primera el titular reza: “Viceministro dice que el 62.2% de los bolivianos acullica coca“. El término acullicar requiere una explicación adicional. Implica masticar o más propiamente aplicar contra el carrillo un amasijo de hojas de coca tratadas con un agente caústico (llujt’a) que promueve la absorción de algunos de los constituyentes químicos del vegetal. En mi adolescencia fui instruido sobre la técnica del acullico precisamente en el corazón del conflicto cocalero: en una región del oriente de mi departamento llamada Chapare. Mi experiencia con esa “costumbre ancestral” no pasó del experimento burdo. Y aunque esa vez ví a mis padres y a mi hermano mayor seguir la tradición puedo atestiguar que ninguno de nosotros acostumbramos acullicar coca. No es que simplemente nos sentemos y abramos nuestra bolsita de hojas de coca y dediquemos unas horas a esa práctica teniendo en mente un esfuerzo sobrehumano (como trabajar en la mina) o queriendo paliar la sensación de frío, el sorojchi (mal de altura) ni el hambre. Ni siquiera que hagamos eso por socializar. Y como tampoco conocemos parientes o amigos que aculliquen rutinariamente creo que para dar mérito de ciertas a las cifras del viceministro solo resta entender que pertenezco a una parte poco representativa de la población. Lo curioso es que ese porcentaje y “el persistente incremento del consumo tradicional” se arguyen como la justificación oficial para elevar el límite de hectáreas permitidas de 12 mil a 20 mil. Si como digo damos por ciertas las cifras todavía queda un pero: el consumo de coca es un sustituto absolutamente tercermundista de la satisfacción de necesidades vitales como alimento apropiado, abrigo, sueño, medicinas, etc. Por otra parte es un medio de elusión de la realidad (parecido al alcohol o el cigarrillo). Entonces: ¿Qué clase de gobierno es este que quiere solucionar problemas reales con cristalitos? Lo que no se dice es que la mayor parte del excedente que actualmente existe y que dentro de poco no será ni siquiera ilegal está destinado a la producción de cocaína. La coca boliviana se cultiva en Los Yungas (La Paz) y en el Chapare (Cochabamba). Según un dirigente paceño solo la coca yungueña es apta para el acullico (ver nota). Si eso es cierto ¿para que insistir en el libre cultivo de la hoja chapareña si no es útil para el uso “tradicional”? No hace falta ser un genio para responder a esa última pegunta. Pero si queda alguna duda vale la pena recordar quien es el máximo dirigente de las seis federaciones de productores de coca del trópico de Cochabamba (y al mismo tiempo presidente de la república, o ahora “estado plurinacional”) y leer con algo de malicia la nota del periódico español ABC (“Los cocaleros financian con 20 toneladas de coca la campaña electoral de Evo Morales“) que en su parte saliente dice:
“El presidente de Bolivia, Evo Morales, financiará parte de su campaña electoral con algo más de 20 toneladas de hoja de coca, que serán entregadas por 40.000 productores del departamento Cochabamba, en el centro del país. Las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba, sindicato del que Morales es el principal dirigente, decidió el pasado fin de semana que todos sus afiliados deberán entregar una libra -450 gramos- de hoja para la campaña. Así, para que su líder sea reelegido en los comicios del próximo 6 de diciembre, los cocaleros aportarán 20.430 kilos, cuyo valor en el mercado es de unos 60.000 euros.”
¿Quién extraña a las roscas y lobbistas de antaño? Bolivia cambia, Evo cumple.

