La leyenda de Yamato-takeru
De acuerdo a dos crónicas, Kojiki (712 EC) y Nihonshoki (720 EC), el verdadero nombre de Yamato-takeru era O-usu-no-mikoto. Este personaje era el segundo hijo del décimo segundo emperador, Keikō. El futuro Yamato-takeru descolló desde temprana edad con un hecho de sangre pues a los 16 acabó con la vida de su hermano mayor que se había declarado en rebeldía y -en vista de su fiereza- acto seguido su padre le pidió someter a la tribu Kumaso. Para esto el joven O-usu-no-mikoto se vistió con las ropas de su tía Yamato-hime y enfiló rumbo al escondite de los hermanos que lideraban el clan Kumaso. Se dice que arribó a la guarida en medio de un festejo y debido a sus atributos físicos (¡gulp!) fue invitado (a) a sentarse en medio de los violentos hermanos Kumaso. En el clímax del festejo, O-usu… extrajo la espada que guardaba debajo de su falda y con esa arma eliminó al mayor de los hermanos. Luego persiguió al menor y le dió fin clavándole el arma blanca en el finisterre. Curiosamente su segunda víctima le nombró Yamato-takeru que quiere decir “El bravo Yamato”. No me pregunten porqué.
Quizá su fama gire en torno a otra de sus aventuras. Junto a otros héroes acometió el reto de liberar a una región remota del reino sometida por déspotas y deidades falsas. Para lograrlo su tía (que era sacerdotisa) le entregó la espada más sagrada y mágica de la tradición japonesa: Kusanagi-no-tsurugi (la “cortadora de hierba”), que fue descubierta por el dios Susano-o en “una de las colas del dragón Yamata no Orochi” (Nihonshoki) y llevada a la tierra por Ninigi el nieto de Amaterasu (la “diosa gloriosa que brilla en el cielo”, es decir la diosa del sol en el shintoísmo) como uno de los tres símbolos imperiales. Yamato-hime también le dió una bolsa con pedernales para hacer fuego y le aconsejó abrirla en caso de emergencia.
Yamato-takeru llegó a Owari donde cortejó a la princesa Miyazu-hime de quien se había enamorado y siguió su viaje luego de prometer desposarla al regresar. En Sagami se libró de morir en un incendio en medio de un pastizal pues con Kusanagi hizo un claro en medio de la llanura cubierta de hierba y con el pedernal procedió a quemar un espacio detrás de sí antes de que lo cercara el frente de las llamas. Luego de una serie de aventuras pudo regresar a Owari y desposar a la princesa pero antes de retornar a Yamato decidió enfrentar -con sus propias manos- a la deidad que habitaba en la cima del monte Ibuki. A la mitad del ascenso apareció ante él un enorme jabalí blanco que Yamato-takeru decidió no atacar suponiendo que se trataba de un mensajero del dios. Sin embargo el jabalí era el dios en persona que empleando una granizada sobrenatural consiguió desplomar a Yamato-takeru provocándole además una enfermedad fatal. La corriente condujo al héroe a la orilla del mar, precisamente al sitio donde Yamato había enterrado su segunda espada. Ahí el príncipe murió luego de confiar su espada a Miyazu-hime. En su honor fue levantado un túmulo. Finalizando su epopeya el alma del Yamato emergió de la tumba adoptando la forma de un ave blanca gigante que sobrevoló por la playa y que en un esfuerzo postrero pudo alcanzar el paraíso.

Espada, espejo, joya: las 3 regalías imperiales
Este relato del caballero que recibe dos espadas, una para confirmar su herencia real y vencer a potenciales rivales al trono y otra espada mágica que le confiere un ser místico y con la cual emprende aventuras liderando un grupo de valientes hasta el decadente encuentro final con un ser más poderoso que vence al héroe y provoca su fin -señalado por el hecho de entregar el arma portentosa a una dama a la orilla de un lecho de agua- nos recuerda otra leyenda del canon occidental: la saga de Arturo.
Batraz, el oseto
La similitud entre estas narraciones (Yamato-takeru y Arturo) sugiere un origen o influencia común indo-europea que bien podría ser asociada a los Alanos, uno de los pueblos escitios que tanto interesaron a Herodoto (libro cuarto) si es que fueron capaces de llegar hasta Japón a través de la península coreana. Esto tendría que ver con la elección de las tres regalías imperiales del shintoísmo: la espada, el espejo y la joya que según Georges Dumézil reflejarían tres funciones ideológicas indoeuropeas: soberanía final, proezas físicas y la promoción de la fertilidad de plantas, animales y humanos.

Escitia, bisagra de civilizaciones
Estos alanos aparecen en Europa provenientes del este con el declive del imperio romano, y según algunas fuentes, son -junto con los Sarmatios- verdaderos “proto-caballeros” medievales pues a diferencia de las legiones romanas ya emplean la caballería, empuñan lanzas y espadas largas y pesadas diseñadas para golpear y cortar. Uno de los pueblos alanos que sobrevive hasta la actualidad es el oseto (¿recuerdan el reciente incidente suroseto, ruso y georgiano?). En el folklore oseto existen sagas que hablan de los héroes nardos, cuyo líder era Batraz. Según estas tradiciones Batraz recibe una espada mágica de su tía, la sacerdotisa Satana (la “madre de cien hijos”). Con el arma prodigiosa el héroe es capaz de vengar la muerte de su padre y emprender diversas aventuras. Sin embargo Batraz se desvía del camino recto y se vuelve un villano. Por eso su dios le castiga con males físicos. Ante esto Batraz decide aceptar el designio divino y solicita a los sobrevivientes de su cuadrilla que le asistan deshaciéndose de su espada (arrojándola al mar), lo cual provocaría su muerte. Pero debido a que hacer eso supondría un esfuerzo mayúsculo -pues la saga dice que solo Batraz era capaz de sostener el arma- sus hombres prefieren esconderla y le dicen que han obrado según su voluntad. Conciente del engaño Batraz los increpa así que los nardos obedecen: el arma se hunde laboriosamente “enturbiando el agua con el color de la sangre” y desatando una tormenta espeluznante. Batraz muere al ver satisfecho su deseo.
Yamato-takeru, Batraz, Arturo… qué más decir: ¡Nada nuevo bajo el sol!

Excalibur (1981)
