
Jonathan Littell
El libro de Littell (“Las benévolas”) ha causado revuelo. Su estilo ha sido tildado de anacrónico, le han considerado un ladrillo “impregnado” de Tolstoi y Grossman, “carente de pacto de ficcionalidad”, hijo pródigo de “Shoah”, y otras especies dotadas del sempiterno tufillo de los especialistas. Causa malestar lo periférico, como su arrogante postura ante la asignación del Goncourt (que no quiso recibir) o su conducta tajante ante las entrevistas, pero suele decirse poco de su texto y lo más importante, de sus motivos para escribir. Francés (gringo nacionalizado francés para ser exactos), políglota, joven, neurótico, obsesivamente documentado, nihilista y ajeno al stablishment: Voilà, avoir un enfant terrible!

"Les Bienveillantes" (Gallimard, 2006)
Al parecer Littell realizó una investigación multidisciplinaria (historia, cine, linguística, musical, etc.) durante algunos años pero la escritura le ha tomado cosa de meses. Prodigioso. Y lo mismo puede decirse de algunas partes del libro que he disfrutado releyendo: sus puntos fuertes suelen ser variados. En contraste, cuando el andar se hace lento también suele tropezar en digresiones similares matizadas por la neurastenia -habitualmente diarreica- y el lirismo onírico. ¿Podía esperarse algo distinto teniendo en cuenta que Las Benévolas fue escrito como el blitzkrieg? Quizá la extensión es otro argumento estilístico que ayuda a poblar el universo de maldad del ostfront sin decirnos nada directamente sobre cosas concretas pues el drama crece en interés supratextual. Inadmisible entonces el prejuicio de identificar cháchara en la voz de un effete (aunque Littell dice “no estar seguro de que Aue sea homosexual”) que sale de la masa de personas normales, ciudadanos de bien de la correctísima Alemania de posguerra y abraza la ideología desmesurada de los nacionalsocialistas para verse inmiscuido en la solución final al problema de los judíos, la Endlösung der Judenfrage. ¿Puede algo preparar a una persona por muy normal y culta que sea para ese horror incomparable? Y más importante todavía: una vez involucrado ¿quien puede ser capaz de tolerar la cotidianeidad: el amor, la belleza, las artes, aspiraciones sociales, cualquier trato humano, etc.? En buena parte del libro ese dilema le pasa factura a Aue y vemos el inicio del exterminio como si se tratase de un drama fársico o una máquina imperfecta. Me refiero a las descripciones de la matanza previas a la fase de la gasificación, aquellas con gran participación directa -artesanal podríamos decir- de la tropa. Las consecuencias en Aue y en los otros a los ojos de Aue son un logro de proporciones del relato como lo es la transformación que sufren los descampados y los bosques donde los bandos -regulares o no- se ven obligados a “sembrar” cadáveres. Debemos coincidir con el autor que esa máquina variopinta está destinada a fallar, que sus piezas son solo eso en las manos de una mano ejecutora inclemente, feroz y metódica que actúa según argumentos éticamente reprobables, pero argumentos al fin. Y Littell – Aue se mete en el alma del monstruo explicándonos el orden de ideas que ha llevado a la barbarie. También -sobretodo en “Alemandas”- el relato épico del teatro de operaciones logra convencer. El relato ocurre mucho después de los eventos por lo que vemos que Aue no está arrepentido. Las voces disonantes a su ideología -como las de su hermana y su cuñado- plantean un argumento que ha sido tachado de revisionista y simplista: en un pasaje memorable Una dice que los alemanes deciden exterminar a los judíos para acabar con el judío que tienen dentro, que los judíos -pueblo que ha representado al otro por excelencia- solo habían tratado de parecerse a sus huéspedes germánicos y ese error fatal resultó intolerable. Aue no opina lo mismo y sin embargo tiene visiones del Fuhrer ataviado como askenazi.
Un argumento histórico coherente que debemos seguir con interés es el de la razón de estado: aplica con Stalin, Hitler y otros tantos líderes entre los que cabría incluir a los primeros ministros de Israel. La moral es una construcción arbitraria y convencional, hipócrita donde las haya. Una nación cualquiera puede propagar la versión de que encarna la libertad, la democracia y la sujeción al derecho pero si algo amenaza sus intereses el crimen de estado surge como una opción plausible y deseable. Y entonces se pulverizan sin más los derechos humanos, el respeto a las fronteras y todos esos valores que suelen henchir las velas del contrato social en tiempo de paz. Además “más vale un pésimo conciudadano que un excelente enemigo”. Y al hablar de eso Littell no quiere absolver a los nazis si no recordarnos una verdad inobjetable y universal.
Cuando Aue termina fugando a Francia en detrimento de Thomas su cínico compañero de armas ya sabemos perfectamente que no es un ser sin fisuras en su nacionalsocialismo, capaz no obstante de cumplir su tarea puntillosamente -o por lo menos de intentarlo enfrentando el laberinto burocrático del Reich decadente- y que su respuesta violenta es evidentemente instintiva y propia del animal amenazado. Apolo y Atenea han intercedido por él. Las Erinias se han tornado en Euménides.