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Mi hermano es adepto a una religión posmoderna. Por motivos estrictamente profesionales, es lo que dice él. Debo aclarar que mi hermano no trabaja en Hollywood, ni en la industria del espectáculo o sus ramas relacionadas. Mi hermano es empleado de una gran empresa transnacional que tiene oficinas en todo el mundo, incluido México.           

La empresa en la que trabaja mi hermano se dedica a vender equipo médico especializado. Es una empresa seria, confiable y apegada a la ley. Por sobretodo, apegada a la ley.

La empresa rige su funcionamiento por normas muy estrictas, para hacerse una idea de lo estrictas que son esas normas debo decir que la base de operaciones de la empresa está en Alemania, un país apegado a la norma, controlado por leyes rígidas; en un entorno enfocado casi exclusivamente al trabajo. Por eso cuando los alemanes se jubilan no van a establecerse en una granja en Suavia; no, ellos siguen el ejemplo de las aves migratorias y vuelan hacia el sur y muchos de ellos pasan sus últimos días en países como España o Grecia, regiones tórridas donde parecen desarrollarse, exuberantes, las flores del mal.

Una de las normas básicas de la empresa es la no discriminación. En ese trabajo no se  discrimina por raza, sexo o religión.

De las múltiples reglas internas destaca la obligación que tienen los empleados de participar de actividades grupales de motivación, usualmente realizadas los fines de semana, alejadas del ambiente normal de trabajo. Esas reuniones generalmente se llevan a cabo los sábados, y si uno ha sido invitado, debe asistir.

Al comenzar sus actividades profesionales en la empresa, mi hermano fue invitado a una de esas sesiones, pero en calidad de entrenamiento (quizá para mostrarle lo que le esperaba). Voy a resumir el relato pormenorizado de aquella primera sesión a la que acudió.

Imaginad un gran auditorio. En el escenario de ese auditorio, muy bien iluminado y provisto de un potente sistema de audio, se encuentra el moderador, un psicólogo. El moderador en ese momento invita a pasar al escenario a un jefe de área. El sujeto pasa, todas las miradas puestas en él. El psicólogo comienza a interrogarlo. Las preguntas son amplias, personales, del tipo de cosas que pregunta un psicólogo. Solo que este psicólogo es un sádico con tendencia voyeurista. El interrogatorio expone al sujeto como un lamentable ejemplo de egoísmo, egocentrismo, machismo y retencionismo anal. Entre otras cosas. Después de haber confesado lo inconfesable, el sujeto obviamente se siente aliviado y llora desconsoladamente. El animador lo tranquiliza, y pide a los asistentes que reconforten al recién llegado con el bálsamo de la abrazoterapia. Me imagino en ese momento a mi hermano: una expresión inescrutable ensombrece su rostro, comúnmente nada risueño. El espectáculo sigue, ahora con unas cuantas dinámicas: Abrazoterapia, risoterapia, dejarse caer de espaldas y con los ojos vendados hacia la multitud anónima que recibe al que cae en sus brazos. Actividades que mejoran el común entendimiento y el trabajo en equipo de esa admirable empresa, actividades que guían al personal hacia la luminosa senda del autoconocimiento e introspección personal. Actividades que le producen arcadas a mi hermano. Asqueado, mi hermano no puede dejar de pensar si eso que ve no es en realidad una broma. Pero no, no es broma. En ese momento sabe que dentro de una semana quizás una parte del espectáculo sea la de él. En ese momento una sonrisa de labios ligeramente fruncidos (labios sarracenos, diría Ruben Darío), le ilumina el rostro, inusualmente tranquilo.

Obviamente mi hermano no iba a renunciar a ese trabajo, y también, obviamente no se iba a someter a ese ridículo. Jamás. El asunto, una aparente paradoja, se prestaba a una solución sutil. No podía fingirse enfermo, ni conseguir una incapacidad, eso solo sería posponer lo inevitable una semana o dos. No, la solución debía ser algo permanente, inviolable, legal.

El lunes siguiente, el sobre de la invitación a la sesión del sábado se veía, ominoso, en el escritorio de mi hermano. Allí estaba, con su nombre claramente visible. Parecía algo inevitable. Ese mismo día, la jefa de recursos humanos se encargó de telefonear a mi hermano, recordándole la invitación para la sesión del sábado.

Lo primero que mi hermano hizo fue revisar los estatutos internos de la empresa: Aparentemente no había salvación, las sesiones de los sábados eran obligatorias y el no acudir a ellas, salvo por motivos de fuerza mayor, era motivo de recesión de contrato. Pero ¿cuales eran esos motivos de fuerza mayor?. Todos ellos, motivos casuales: accidentes, muertes, enfermedades. Necesitaba algo más sólido que lo eminentemente casual. Pensó: Les diré que Dios, convertido en zarza ardiente me ha hablado. No, ese también era motivo de recesión de contrato. Necesitaba algo contundente, no necesariamente sólido, pero sí contundente. Después de pensarlo llegó a la conclusión de que lo único con la contundencia apropiada era un impedimento de índole religiosa. No voy porque lo prohíbe mi religión, y punto. ¿Pero cuál religión?. Descartó inmediatamente al catolicismo y cristianismo. Declararse musulmán o budista no le iba a servir de nada e incluso le iba a ser contraproducente. Necesitaba una religión exótica, una religión que prohibía expresamente el tipo de actividades que realizaban en su empresa los sábados.

En ese momento, no se le ocurrió nada.  Ni una sola idea, absolutamente Nada.  Mi hermano realmente no precisa el momento exacto de su iluminación, lo guarda celosamente de mis ojos profanos, así que debo imaginarlo. Quizás se puso a navegar por Internet, o a deambular sin rumbo – la mirada perdida en el vacío- o a leer el Hombre Mediocre, de Musil. No lo sé. Quizás nunca lo sepa. Pero en algún momento, mientras navegaba por Internet, deambulaba de manera errática o se encontraba perdido en un paseo por los bosques narrativos, lo encontró. En ese momento, extraviado entre desiertos de tedio encontró un oasis. Todos sabemos que un oasis es un lugar donde se puede comer, beber, descansar, reventarse las ampollas de los pies; o sea que un oasis es un lugar donde se encuentra cierto alivio. Y así fue.

En ese momento halló a la cienciología. La religión ideal: posmoderna, flexible, con una sólida estructura y con reglas de juego muy claras. La más importante de esas reglas es el derecho de los cienciologos a mantenerse cuerdos, en otras palabras rechazan vigorosamente el psicoanálisis, la psiquiatría y sus actividades relacionadas. Una vez elegida la religión, lo demás era asunto meramente técnico.

Un día después mi hermano se dirigía, con aquella sonrisa de labios sarracenos (como diría Rubén Darío) a las oficinas de los cienciólogos en el DF, en la tradicional colonia Coyoacán. Una oficina modesta, sobriamente decorada, eso si tachonada con carteles publicitarios de la obra del creador: Ronald Hubbard, un periodista y escritor de ciencia ficción de los años cincuenta del siglo pasado, con cierto parecido físico al personaje de la serie “Los Invasores”; aquel anónimo ciudadano que libraba una guerra silenciosa con extraterrestres que querían dominarnos. Extraña paradoja, pero no voy a profundizar en ello.

En la oficina mi hermano expresó su deseo de pertenecer a la cienciología. Se le entregó un cuestionario, que rellenó con rapidez y precisión. Le expresaron gran satisfacción al saber que mi hermano era empleado de una gran empresa global, quizás porque la mayoría de los inscritos eran rascuaches con trabajos de medio pelo, no lo sé. Se acumulan los enigmas, pero es inevitable, dejémoslo así. Le comunicaron a mi hermano que le iban a tomar una foto. Parecía algo completamente normal. Lo condujeron a una habitación más grande,  un estudio fotográfico, de lo más normal, pensó. Luego le dieron la túnica, bueno, alguna rareza debían de tener. No hubo necesidad de quitarse la ropa, la túnica era amplia.  Siguió la ceremonia (total misterio) y la foto. Esa foto la pude ver, meses después de haberse tomado,  en el departamento de mi hermano. En un fondo blanco, celestial, emergiendo de una nube está mi hermano con los brazos extendidos a los lados, ligeramente inclinados hacia arriba. El rostro de mi hermano expresa una indescriptible tranquilidad, mirada perdida hacia el infinito y una sonrisa similar a la de la Gioconda, pero de labios ligeramente fruncidos (Sarracenos, diría Rubén Darío). Además de la foto, le dieron un certificado de pertenencia a la Cienciología, y los mandamientos. En ese momento mi hermano comentó con los presentes -gente muy seria-  que en su empresa tenían actividades aberrantes los fines de semana. Los hermanos cienciólogos le tranquilizaron: las reglas eran claras, ningún cienciólogo podía someterse a ese tipo de actividades, para eso tenían protección legal de un filoso equipo de hermanos abogados, expertos a nivel internacional. Incluso, después de fatigar sus archivos le comentaron que existían varios hermanos en Estados Unidos y Alemania, que también eran empleados de la empresa en que trabaja mi hermano, y que obviamente estaban eximidos de las horrendas y pecaminosas sesiones de psicoterapia de fin de semana.

Mi hermano ya lleva dos años de haberse convertido en cienciólogo. Motivos estrictamente profesionales, dice él. Lo cierto es que ya tiene un grado avanzado. Porque los cienciólogos se organizan como un ejército, y existe tropa y mandos, como mi hermano y algunos personajes conocidos, como Tom Cruise y John Travolta, entre otros.

Le he preguntado a mi hermano si los cienciólogos son como los Magios (esos símiles de los masones que aparecieron en un episodio de los Simpson) y tienen ciertas facilidades o prerrogativas (acceso a las reuniones de los hermanos Wachowsky, paseos por el Kremlim o Quántico, cenas con Tom o John, giras por Bollywood o descuentos en viajes terrestres a Jorasán; por decir). El lo ha negado todo. No son así ( ¿o me dijo somos ?), me recalca. A veces, no le creo. Y han pasado algunas cosas, que parecen coincidencias; como en el último viaje que hicimos. En una sala de espera en el aeropuerto de Lima mi hermano les hizo un gesto casi imperceptible a los encargados de controlar el acceso a cierto sector de la sala VIP, y pasamos. No hubo preguntas de por medio. Múltiples enigmas, que se suceden, inexorables hacia la eternidad.

Y en las noches de luna llena, cuando me siento particularmente valiente, me tranquilizo al saber que si las cosas se ponen feas y en algún momento la tierra deja de girar, los polos se derriten y entre otras cosas el Volcán hace erupción, tendremos acceso seguro a la nave de rescate, junto con Tom y John.

 

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