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Category Archives: Miscelánea

De todo un poco…

Minuto cuarenta y algo. Mucho calor y nosotros dando cuenta de los patacones, la carne asada y otras delicias paisas. Estamos prácticamente en la acera y del otro lado de una jardinera testimonial se han agrupado vendedores (en el hotel el encargado nos advierte del poder de convencimiento de los que hacen la calle. Puntualiza: “No se dejen engañar”) y jornaleros. Han de ser media docena. Precisamente ahora no nos quieren vender algo. Están ahí mirando, o mas bien esperando que Messi y los suyos inventen alguna maravilla y el gol o los goles terminen por caer. Y yo confieso, con toda la mala leche de la que soy capaz -rivalidad mediante- que siento envidia porque imagino que mi equipo (el Real Madrid) no suscita esas emociones en el “hombre común”. En cualquier momento estallará la fiesta cuando alguno de los chicos de Pep la emboque. Es lo habitual. Ya ni recuerdo la última vez que este equipo perdió por la Champions. Así que me concentro en mi comida y que no le falte algo para bañarla. Puro pudor de madridista: Mejor llevar la fiesta en paz y dejar que los demás también tengan la suya. Pero Lampard y Drogba no opinan igual. Y para mayor escándalo todo comienza con Messi, que esta vez la pierde. Luego tres toques y precisamente el tercero es el consabido “pase a la red”. Diría el cronista “¿Pero cómo (fue) la pelota a la red? (Después de todo estamos en Colombia).  No me reprimo y festejo el gol. Desastre culé…alegría en Chamartín (no en vano Rosell parecía hace poco uno más del Munich). Tampoco espero que la vuelta en el Camp Nou depare tantas alegrías.
Una actualización: unos días después ví el RM vs Barca con resultado ya por todos conocido. La gran mayoría de los parroquianos eran culés no sé si de pura cepa, pero sí de muy malos modos (por lo menos para la causa de los vikingos). En menos de 5 minutos llegaron los goles: El de Sánchez acompañado de gritos y vivas. El de CR festejado más o menos por lo bajo, salvo por 3 “aficionadas” que se la pasaban aupando al bicho con un enervante “Dale Cristi” (y luego decimos que porque nos odian). Y en el fondo yo haciendo sonar, como un apaga volcanes, las sagradas notas del “Hala Madrid”. El vehículo del (casi) alirón es el Audi A7.

Jorge Volpi cita una historia llamada “Los papeles del dragón típico” (Ignacio Padilla) a propósito del asunto migratorio:

Un día el dragón de los cuentos extravía sus papeles -aquellos que lo acreditan como dragón- y a partir de entonces ninguna princesa acepta ser raptada por él y ningún príncipe quiere combatirlo. Poco a poco deja de ser relevante y al final se desvanece. Carecer de papeles significa dejar de existir. O, en nuestro mundo, dejar de ser visto como humano.

(“Perder los papeles”. El País 27/06/2008)

Nuestro mundo ha desarrollado una enorme habilidad para privar a las personas de sus derechos basándose en convenciones, en prejuicios: “Eres muy joven / eres muy viejo”; “no sabes, eres mujer”; “eres listo… para ser negro”. El ejemplo de Volpi pone el dedo en una llaga de absoluta actualidad (sin embargo pienso que se hace poco más allá de la retórica). Quiero referirme a otros dos. Por casualidad hoy ví “Something the Lord Made” (textualmente “Algo que el Señor hizo”, HBO, 2004). Se trata de la historia de Vivien Thomas, técnico negro que asistió en la concepción y puesta en práctica del tratamiento quirúrgico para una enfermedad cardiaca llamada tetralogía de Fallot. Lo curioso es que Thomas no era médico. En realidad no pudo serlo entre otras cosas porque le tocó vivir durante la gran depresión, período en el que trabajó junto a Alfred Blalock (cirujano) en la universidad de Vanderbilt primero como empleado de limpieza, asistente y luego como investigador en técnicas quirúrgicas. Luego acompañó a Blalock cuando este último fue contratado por la prestigiosa universidad John Hopkins, sitio donde Helen Taussig (cardióloga pediatra) involucró al equipo en la búsqueda de una solución quirúrgica para el Fallot. Dicho procedimiento fue llevado a cabo en noviembre de 1944 gracias a las investigaciones de Thomas. Sin embargo el reconocimiento oficial fue para Blalock y Taussig debido a la segregación racial. Esta injusticia duró hasta 1975, cuando la universidad reconoció la labor de Thomas y le concedió un doctorado honorífico en leyes. Justo premio para un autodidacta.

El otro caso es el de Hamilton Naki, un sudafricano cuya historia recuerda la de Thomas. Así lo relata Caroline Richmond en el British Medical Journal (25/06/2005):

Cuando Denise Darvall (26) fue arrollada por un vehículo camino a comprar un pastel en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en 1967, sufrió severas lesiones craneales y disparó una operación que hizo historia. A pesar de ser considerada en muerte cerebral al arribar al hospital, su corazón estaba saludable y continuaba latiendo. Su cuerpo fue encomendado a las manos de Hamilton Naki que de manera experta removió su corazón y se lo dió a Christiaan Barnard (…) (que) luego lo trasplantó a Louis Washkansky (57).

Huelga decir que Naki, antiguo jardinero en la universidad de Ciudad del Cabo y posterior asociado en el laboratorio de cirugía experimental, tampoco fue reconocido por su participación en este suceso. De haberlo sido la ley imperante en aquel entonces (el apartheid) lo habría criminalizado.

Thomas y Naki, héroes y genios que -como el dragón típico de Padilla- carecieron de papeles y como aquella criatura sobrenatural se podría decir que “desaparecieron”. Pero afortunadamente volvieron a materializarse cuando lo que terminó desvaneciéndose fue el prejuicio, aquello que el hombre hizo.

Hamilton Naki

Dr. Vivien Thomas

Si me mencionan el Vedado seguramente pensaré en algún libro de Cabrera Infante. Estuve por ahí, precisamente en la plaza de la revolución, al pie del monumento a Martí y tomé unas fotos que ya no tengo junto a una pareja de argentinos que conocí en la playa de Varadero. Contrario a mis instintos entablé conversación con ellos (compartíamos hotel) creo que aprovechando que uno de esos inmaculados vehículos de los cincuenta estaba siendo acicalado ahí cerca y todos los extranjeros nos quedamos mirando el cacharro y a su orgulloso propietario. El era rollizo, calvo, parecido un poco a Pablo Morsa y al Coronel Cañones y más o menos de mi estatura. Usaba una barba de candado como dicen acá -que le iba más a un psiquiatra- y tenía unos ojos enormes y un poco furiosos que coronaban una cejas tupidas. No recuerdo el rostro de ella, pero el de él es inolvidable. Me hablaron del suceso del día siguiente: Había movilización general en la Habana y un millón de personas marcharían por la isla hasta la oficina de intereses de los Estados Unidos demandando que los gringos entregaran a Posada Carriles (un cubano acusado de terrorismo que vivía ilegalmente sus últimos años en Miami y que acababa de ser detenido por la migra: Una verdadera papa caliente). Pienso que debía haber desconfiado un poco más: Los argentinos, que vivían en Canadá y tenían también esa ciudadanía, me proponían ir a la Habana acompañándolos en el vehículo de una persona que debía ir urgentemente a la capital. Los gauchos eran partidarios de Fidel y según me dijeron afiliados al partido comunista canadiense. Unas horas después me ví en uno de esos espaciosos sedanes, con los gauchos, el conductor y un buscavida que por lo que aprecié tenía que ser algo así como un guía para nosotros. Era noche cerrada cuando salimos de Varadero. Daba la casualidad de que ese día Fidel había ordenado (en la isla de aquel entonces todo lo mandaba a hacer Fidel) que estudiantes universitarios ocuparan las gasolineras de todo el país ante la sospecha de un fraude masivo de los empleados. Recuerdo que los fulanos incluso llevaban uniforme. No había ni una luz en todo el horizonte. Sentí miedo de que fuesen a asaltarnos o incluso que los argentinos estuviesen coludidos con nuestros eventuales compañeros de viaje y así me la llevé hasta que dejamos atrás la provincia de Matanzas. Amaneció. El conductor era un gordo bonachón. Tenía un nombre que por supuesto tampoco recuerdo. Algo de origen griego. El buscavida también era robusto y casi no tenía pelo. Por lo que decían advertí que eran como el agua y el aceite: el conductor apoyaba al régimen pero no era un fanático. Iba a la Habana a ver a una hija que tenía hospitalizada y el dinero que le dábamos le caía bien para sus gastos. Su acompañante no escatimaba esfuerzos para echar pestes a todo lo cubano. El vehículo iba de una manera inusitadamente silenciosa. Diría que mejor que un Mercedes. Hay algo con esas vías que llevan a la Habana. A pesar de la vegetación y los exuberantes colores tropicales se ven tristes, como si un imposible otoño se hubiese apropiado de ellas. El efecto era más intenso porque casi ibamos sólos, como flotando. Costaba creer que esa tranquilidad fuese interrumpida tan súbitamente. Si no lo hubiera visto difícilmente podría haber creído que me contaran como fue apareciendo la gente, como nos fue orillando a un rincón al costado del museo de la revolución que no tardó nada en llenarse de gente. Ahí nos apeamos. El conductor se despidió muy agradecido y enfiló a prisa y como pudo rumbo al hospital. Desde esa hora (aproximadamente las once) el ambiente era de fiesta. Había incluso colegiales jugando en las banquetas. La gente salía muy relajada a la calle. Nuestro guía nos acercó al Malecón. Los argentino canadienses iban filmando. Poco después anunciaron que Fidel estaba a punto de llegar. Acto seguido lo hizo en alguno de los helicópteros rusos que sobrevolaron la ciudad. La impresión que tuve fue mayúscula cuando el hombre se dirigió a la multitud desde algún sitio que me estuvo vedado. Imaginen esa voz que todos tenemos presente, en algún sitio a no más de un kilómetro. Y marchamos por el Malecón luego de tomar unas bebidas frías cerca del hermanos Amejeiras (el mejor hospital de Cuba). Sólo seguimos a la multitud unas cuantas cuadras más allá. La oficina de intereses se imaginaba a lo lejos según las indicaciones que me daba el guía. Para escapar del gentío cortamos camino hacia la Habana vieja. Pero ahí también había gente. Incluso algunos bailando y de espaldas al suceso que seguía ocurriendo en el Malecón. Y enfilamos (pienso que por Neptuno o por Virtudes) hacia la plaza central, donde está el imponente hotel del mismo nombre. En el camino pensé que era cierto eso que se decía: Parece que alguien hubiera bombardeado la Habana…y que nadie hubiera recogido. La gente reparaba en nosotros. Me confundían con un mexicano (y yo no los corregía del error). Nos querían vender cosas. Hubo un momento en el que llegamos a una esquina y me quedé mirando un edificio que debió ser suntuoso en la época de Batista y que ahora estaba semiderruido. Sólo una de sus ventanas lucía impecable. Y precisamente de ahí nos miraban unos ancianos que eran como flores saliendo del cemento. Recuerdo que después llegamos a las inmediaciones de la catedral y “La bodeguita del medio” (donde iba el gringo ebrio ése que escribió “El viejo y el mar“). Pero nada de eso me interesaba. Y el guía, cansado de nosotros y sin saber como complacer mi pedido de localizar un baratillo, un mercado de pulgas en el cual complacer un pedido de mi hermano (el guía me dijo: “Todo está cerrado por el feriado nacional, nadie puede salir a vender, nadie puede salir a hacer nada…”) nos fue llevando hacia el “Canal de Entrada” a la bahía de la Habana, sitio donde nos mostró a lo lejos la fortaleza de San Carlos y el Morro. Y cuidándose de miradas ingratas y oficiales celosos de su deber nos fue acercando a unos asientos pegados al canal donde nos ordenó reposar y procedió a abrir unas viandas que llevaba envueltas en un sayal un poco deteriorado. Ahí, de espaldas a la Habana vieja, con un cubano escéptico y cínico que acabo de recordar que se llamaba Orlando (el furioso, por supuesto), con los argentino-canadienses afiliados al partido comunista (él era electricista, Néstor me parece) sin saber que poco despúes seríamos las únicas personas delante del monumento a Martí y el mural del Che -ahí, en la Habana que tanto había imaginado- gozamos de una excelente langosta con arroz que hasta entonces aquel bellaco había cargado.

Lugares por los que paseamos en la Habana.

(Nota: La marcha en cuestión ocurrió el 24 de enero del 2006. No he podido confirmar si Posada Carriles sigue vivo).

Según el señor presidente del estado plurinacional  la hoja de coca “es medicina y alimento”. Y esto de alimento me suena más a la cuarta acepción del término según la RAE, es decir:

“Sostén, fomento, pábulo de cosas incorpóreas, como virtudes, vicios, pasiones, sentimientos y afectos del alma.”

Porque en cuanto a vehículo que aporte sustancias nutritivas al organismo eso sólo se cumple si el uso ritual de la definición anterior se extendiera a la vida diaria. El “pábulo de cosas incorpóreas” puede hacer una muy significativa mitología reinvidicatoria pero no recuerdo haber degustado jamás una lawa (una especie de sopa) de coca o una ensalada de hojas y frutos tiernos de coca, o pan reforzado con las hojitas de ese arbusto u otras exquisiteces de la culinaria nacional hechas a base de Erythoxylum coca. Y a pesar de la euforia y optimismo de las personas a cargo del Chaski Runasimi no parece existir sustento para afirmaciones tan temerarias como la que se publica en ese sitio (“La coca es el mejor alimento del mundo”).

Con un punto de vista más coherente en el “Food and Nutrition Bulletin”, una publicación a cargo de la Fundación Internacional para la Nutrición (en asociación con la Universidad de las Naciones Unidas), aparece un artículo (“¿Las hojas de coca pueden contribuir a mejorar el estado nutricional de la población andina?” Food Nutr Bull. 2009 Sep;30(3):205-16.) en el que se toca -entre otros- el asunto de que en el incario la coca era de uso exclusivo para las élites. El cultivo masivo y extensión del uso de las hojas de este arbusto tuvo que esperar hasta la llegada de los españoles y aquí cabe mencionar que los conquistadores se interesaron más que todo por la enajenación que este vegetal provocaba en las masas trabajadoras. Como dirían Carter y Mamani (¡citados en Chaski Runasimi!):

“De acuerdo a mi experiencia y mi pensamiento, la coca apaga la rabia, calma el dolor de estómago y el hambre. La coca quita las penas; cuando se muere el mando o algún familiar nos quedamos con dolor, entonces nos acostumbramos a la coquita” “Nos da valor en el trabajo…”

Cristalitos pues…

Resulta paradójico que ahora se asuma la defensa de una costumbre introducida a la fuerza por los españoles precisamente bajo el argumento de la descolonización.

El título del artículo del "Food and Nutrition Bulletin"

El estudio de Harvard que menciona Chaski… es citado también en el artículo del Food Nutr Bull. Si bien las concentraciones de proteínas, calcio y vitaminas son relativamente altas en comparación con otros vegetales, en Chaski omiten comentar que esa medición se llevó a cabo con hojas deshidratadas y que en esa ocasión no se analizó la concentración de inhibidores de la absorción de nutrientes (que hacen de los vegetales fuentes menos eficaces para la provisión de nutrientes). Pero lo peor de todo el panfleto (Chaski) es que los autores no citan la advertencia de los científicos de Harvard que decían textualmente:

“(Que) la presencia de alcaloides podría convertir a la hoja de coca en una fuente no deseable de nutrientes” (Bot Mus Leafl Harv Univ 1975;24:113–9)

Penny y sus colaboradores (los autores del artículo de “Food and…”) refutan minuciosamente las portentosas capacidades nutritivas de la hoja de coca. Respecto a las proteínas y sus constituyentes (los aminoácidos) dicen algo sumamente interesante:

“Para satisfacer el 100% del requerimiento de aminoácidos esenciales, sería necesario comer un peso 30% más de hojas de coca que el de una fuente de origen animal como huevo o leche” (…) “animales alimentados con hojas de coca como fuente de proteína perdían peso y si la hoja constituía más del 5%  de la dieta,  los animales morían y en los estudios de autopsia se observaba que sus hígados eran severamente anormales” (…) “Ratas y conejos alimentados con hoja de coca por períodos prolongados de tiempo tampoco crecían y (además) mostraban anomalías en el hígado, riñón, útero y corazón

Eso sin mencionar que la presencia de alcaloides tóxicos como cocaína no es despreciable (el consumo de dos rollitos hechos con harina fortificada con coca al 5% representaría el consumo de 15 mg de cocaína).

Así que mejor sigamos con el pábulo de cosas incorpóreas y pidamos que el gobierno y sus iluminados busquen un mejor argumento para que la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) revoque la penalización que desde 1961 pesa sobre la “sagrada” pero no nutritiva hoja (¡que pierde incluso con el orégano!). O mejor pidámosle a esos nuestros empleados que mejor se pongan a trabajar.

“Quiero decir (…) a los miembros de la JIFE que vengan a pijchear, acullicar (masticar coca) a Caranavi, en Bolivia, y cuando pijcheen y aculliquen serán más sanos y más inteligentes y así respetarán y entenderán la diversidad social del mundo y respetarán nuestra identidad” (Evo Morales citado en Opinión, 19 de Marzo de 2010)