Skip navigation

Tag Archives: amor

 

Sor Juana Inés de la Cruz

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana: Sor Juana Inés de la Cruz

En el Infierno (canto 4), Dante, luego de haber encontrado a Homero, Horacio, Ovidio, Lucano junto a su maestro Virgilio, nos dice en un arrebato de humildad: 

 

Y todavía aún más honor me hicieron

porque me condujeron en su hilera,

siendo yo el sexto entre tan grandes sabios.

Para Sor Juana Inés de la Cruz, que afirmó haber elegido la iglesia porque le prometía una situación más segura que el matrimonio para sus empeños intelectuales, abandonar la literatura debió representar algo similar a descender al infierno. El libelo del obispo Manuel Fernández de Santa Cruz (escrito en 1690 bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz) que condenaba su afición por el saber precede a su total consagración a la vida religiosa, o como nos dice McInnis (Hispania, 1997): “Finalmente, la Iglesia hace a Cristo un esposo tan exigente como cualquier otra pareja de carne y hueso para celosamente demandar la total atención de parte de la monja”. En su “Inundación Castálida” y remontándose a un pasado mítico-histórico Sor Juana escribe cinco sonetos que reinvidican a jóvenes mártires del amor: Lucrecia, Julia, Porcia y Tisbe. A excepción de Julia, todas ellas cometieron suicidio, acto que la religiosa no pretende enaltecer, como es evidente al leer el final del soneto dedicado a Lucrecia, la virtuosa matrona romana violada por Tarquino

titian_lucretia
Violación de Lucrecia (Tiziano)

 

“…Pero si el modo de tu fin violento

puedes borrar del tiempo y sus anales,

quita la punta del puñal sangriento

con que pusiste fin a tantos males,

que es mengua de tu honrado sentimiento 

decir que te ayudaste de puñales”

 

En el que solo parece pedirle a Lucrecia dominio del cuerpo por la mente para evitar la violencia autoinfligida.

La segunda de sus heroínas es Julia, hija de César y esposa de Pompeyo, que murió luego de un aborto provocado, según Plutarco (y como vemos esta versión es sustentada por Inés), por la visión de su esposo ensangrentado al regresar de las elecciones. Julia literalmente muere de amor y ese amor subyugante es el que condena Sor Juana: “…Si el infeliz concepto que tenía / en las entrañas Julia no abortara, la muerte de Pompeyo excusaría/ ¡Oh tirana Fortuna, quien pensara / que con el mismo amor que la temía / con ese mismo amor se la causara”.

Luego tenemos a Porcia, la esposa y confidente de Bruto, el asesino de César, que decidió acabar con su vida ingiriendo trozos de carbón ardiente al conocer que su esposo se había suicidado. La autoviolencia es innecesaria, y para Inés, Porcia podría haber muerto por un acto de voluntad, de tanto amar a Bruto. Inés escribe: “iQue pasión, Porcia, que dolor tan ciego / te obliga a ser de ti fiera homicida, / o en que te ofende tu inocente vida, / que así le das batalla a sangre y fuego?…”

Piramo y Tisbe
Píramo y Tisbe.

El último soneto de esta serie está dedicado a Píramo y Tisbe, en cuya historia está basada el “Romeo y Julieta” de Shakespeare: dos amantes furtivos, suicidas accidentales impulsados por la congoja de creer  (Píramo a Tisbe) y corroborar (Tisbe a Píramo) que el ser amado ha muerto. Inés confiere a los amantes el goce de yacer juntos:

 

“…Mas viendo del amor tanto despecho 

la  muerte, entonces de ellos lastimada, 

sus dos pechos juntó con lazo estrecho.”

 

La última parte del verso señala la tragedia interior de Inés:

 

 “Mas, ¡ay de la infeliz  y desdichada

que a su Píramo dar no puede el pecho

ni aún por los duros filos de una espada!”

 

Que no en vano nos dice: “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”

Este vivo sin vivir en mí confirma su decisión de acabar con su vida mundana, sus libros, su música. Es el suicidio sin violencia contra el cuerpo que tan vehementemente exige a sus heroínas y la razón de su gloria.

Acosada y presa de las limitaciones de su tiempo Inés, como Dante, camina a la par de cuatro grandes y su Maestro: ella sí, primus inter pares.

Anuncios
Orfeo y Euridice de George Frederick Watts

Orfeo y Eurídice de George Frederick Watts RA (1817-1904)

Cabrera Infante (“La Habana para un Infante Difunto”) trastoca la frase de Ovidio y nos entrega un omnia vincit amor fatal y preciso que bien podría ayudarnos a entender el desenlace de las cuitas de Orfeo y Eurídice: cuando esta última muere Orfeo desciende al inframundo para cantar con dolorosa tristeza por su amor . Y debido a su maestría con la lira se dice que Orfeo consiguió conmover a los habitantes del averno, aún al propio Plutón y a su consorte Proserpina, lo cual le valió obtener licencia para que ambos abandonasen el infierno con una pequeña condición de la que hablaremos luego de revisar -según escribe Ovidio- el genial exordio de Orfeo (atención a las negritas):

“Deidades de este mundo subterráneo, al que descendemos cuantos nacimos mortales: he venido en busca de mi amada, pues una víbora le inyectó su veneno y le hizo perecer en la flor de la edad. He querido soportarlo y no negaré que lo he intentado, pero el Amor ha vencido. Este dios es bien conocido en las regiones superiores; no sé si aquí también lo será, aunque adivino que sí lo es, porque a ustedes también os ha unido el Amor. Por estos lugares llenos de espanto, por este inmenso Caos, por este vasto y silencioso reino, yo os conjuro a que volváis a tejer la trama del destino de Eurídice, que se ha terminado de manera tan apresurada. Todo se debe a vosotros y, después de un cierto tiempo, todos nos dirigimos aquí. Esta es la última morada y vosotros ejerceréis el más largo reinado sobre el ser humano. Una vez madura, cuando haya cumplido los años que le corresponden, ella también será sometida a vuestras leyes. Si los hados rehúsan concederme este favor para mi amada, yo estoy decidido y no quiero regresar; gozad entonces de la muerte de los dos.”

Y así, hablando en nombre del amor, Orfeo consiguió su propósito. La condición para permitirle transitar el ascenso hasta la salida del averno era caminar delante de su amada y no volver la vista atrás. Imaginemos la ansiedad del poeta tan manifiesta en el desenlace que ofrece Ovidio:

“…No estaban lejos de la superficie de la Tierra, cuando Orfeo, temeroso de perder de nuevo a su amada y ávido de mirarla, volvió los ojos para ver a Eurídice. Inmediatamente, ella resbaló hacia atrás; alargando los brazos y luchando por asirse y ser sostenida, la infeliz no cogió sino el aire impalpable. Al morir por segunda vez, no se quejó de su esposo, pues ¿de qué podía quejarse sino de ser amada? Le dirigió el postrer adiós, que apenas llegó a sus oídos, y volvió a rodar al abismo de donde salía.”

Así que el propio Ovidio parece secundar al argumento de Cabrera Infante: todo vence al amor.

¿Nos recuerda algo esta historia? Sin duda que sí, pues inmediatamente relacionamos esto con el relato de la mujer de Lot, convertida en sal por desobedecer el mandato de un Dios inmisericorde que habla exclusivamente a través de sus agentes masculinos. Pero bien dice Bloom (Homer’s Iliad Bloom’s Notes, New York Chelsea House Publishers, 1996) que nuestra moral y religión son judeocristianas y -a Dios gracias- nuestra cognición y estética son griegas. Pero vamos un poco más allá: además de versar del amor el primer mito es una alegoría del duelo lo cual es evidente en el fragmento que vimos previamente (“le hizo perecer en la flor de la edad. He querido soportarlo y no negaré que lo he intentado, pero el Amor ha vencido, (…) yo os conjuro a que volváis a tejer la trama del destino de Eurídice, que se ha terminado de manera tan apresurada”). Ambos relatos hablan de las consecuencias perniciosas de “mirar atrás”: uno sugiere fortaleza para liberarse de las sombras impuestas por el recuerdo de un ser querido y el otro es un mandato para olvidar por completo la maldad de nuestra vida pasada (aunque hay quien sugiere que eso les pasa a las mujeres por curiosas. En fin: pobres misóginos).

Y ya que estamos hablando de esto, Goytisolo ironiza sobre el despropósito del amor:

Exito de un poema

“Escribiste un poema para así deslumbrar

a una hermosa muchacha. Y el resultado fue

que la muchacha se enamoró perdidamente

del necio mensajero que entregó el poema”

 

Volviendo al mito, el siguiente es un ejemplo de algo particularmente interesante:

“I have a sonne seven years old

Hee is to me full deere;

I will tye him to a stake–

And shall see him that bee here–

And lay an apple upon his head,

And goe six places him froe,

And I myself with a broad arrowe

Shall cleave the apple in towe.”

Pero nuestro héroe no es Guillermo Tell, el paladín de Uri y ejemplo de los suizos. Esto proviene de la balada medieval de William (Guillermo) de Cloudeslee (un inglés) y relatos similares del arquero diestro que realiza la suerte con la manzana sobre la cabeza de un ser querido por el capricho de un tirano abundan aún en lugares recónditos de Asia. Esta necesidad de recrear valores universales ejemplificados por determinado personaje o de explicar sucesos de la naturaleza define el mito, que no es otra cosa que una recreación del dominio ejercido por la voluntad (del personaje o de un ser sobrenatural) sobre los eventos cotidianos.

Para finalizar una recomendación: recientemente Alessandro Baricco, filósofo antes que autor, recreó la Iliada (“Homero, Iliada”, Anagrama) de manera singular: el asedio, la lucha, el destino y la gloria de Helena, Aquiles, Menelao, Héctor y los suyos como asuntos que solo conciernen a los hombres. Y por tanto parece susurrarnos: “Anda, no te des vuelta, recuerda a la mujer de Lot: los dioses han muerto”.