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Tag Archives: fantasía

Hace unos días fuí a ver “El Solista” (Joe Wright, 2009). Jamie Foxx / Nathaniel Anthony Ayers me hizo recordar a Mickey Mouse como aprendiz de brujo de la película “Fantasía” (1940) de Disney: ambos se visten igual, son más pose que sustancia y llegado el momento deben dejar que los profesionales hagan su trabajo. Pero por lo menos el orejudo de Disney es quien es. Y Foxx ha dado tumbo tras tumbo después de su celebrada actuación en Ray.

Este sí es un orejudo famoso

Este sí es un orejudo famoso

Este también quiere ser aprendiz de brujo

Este también quiere ser aprendiz de brujo

Pero bueno, sin dedicarle más tiempo a esto veamos algunas (entre otras tantas) de las cosas que están mal con esta película:

– Las patéticas secuencias de música acompañada por palomas en vuelo y el collage -estilo “Fantasía”- de colores danzantes acompañando las notas del cello.

– Robert Downey Jr. llorando por los males de la humanidad (no sé si nada más yo soy un insensible) cuando su “amigo” no le hace espeso el caldo.

– La pretensión de los escritores, actores y el director de que el tema en realidad es más importante de lo que es, es decir que “trasciende”.

– La noción de que los desórdenes de salud mental son algo holístico que puede ser tratado por terapeutas a lo new age (¿o cienciólogos?) y el descrédito implícito de los diagnósticos y prescripciones  apropiadas desde un punto de vista psquiátrico.

En fin, nada de esa mezcla de manipulación y sensiblería ofende. Por lo menos no tanto porque esto es un negocio y seguro habrá mercado que consuma lo que mañosamente intenta vender “El solista”. Lo que sí me ofende es el retrato real de los desamparados en la tan pujante, poderosa y “bendecida” nación del norte.

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El mundo está plagado de horror. Horror natural  nos dicen los autores (y para entenderlo solo hace falta una suscripción al cable o un tiempo prudente de navegación) en contraste al horror artístico (uno que comparte elementos de varios tipos de arte, ya sea como una narración escrita o fílmica o en la pintura, la escultura y/o la música) aunque este término si me pone los pelos de punta con una emoción negativa, no precisamente por un “sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso” sino por la sorpresa y algo de repulsa ante tal desvirtuación hedonística.

Para comenzar aprendo que el horror y el terror no son sinónimos, por lo menos en lo que concierne a terminología fílmica. Ambos géneros provocan miedo o angustia a quien los consume pero la diferencia entre uno y otro es el motivo de esa angustia. En el horror se trata de un evento sobrenatural o propio de la ciencia ficción (pero no toda historia de ciencia ficción pertenece al género del horror, solo hablamos de un subgénero) mientras que en el terror hemos de identificar una exacerbación de fenómenos naturales (como la sociopatía) o una explicación naturalística de lo aparentemente “oculto” como suele ser el caso en lo gótico. Así mucho de lo gore que vemos ahora es terror y no horror en tanto las desdichas de los protagonistas se deban a la participación humana. Las historias con monstruos o seres fantásticos tampoco son estrictamente historias de horror, la diferencia radica en la amenaza que percibimos ante la aparición de seres que se situan por fuera de los límites físicos de nuestra realidad. En la “Historia sin fin” abundan los monstruos pero no todos nos provocan pánico. Para Atreyu (el niño protagonista) es cosa de casi todos los días ver engendros que en el ámbito fantástico son personajes extraordinarios en situaciones ordinarias.

 

En cualquier otro tipo de historia el tiempo narrativo del personaje o personajes es bastante distinto de nuestro tiempo de lectores. La diferencia entre uno y otro puede ser enorme (así pasa en “Guerra y Paz”). En contraste en el horror el tiempo narrativo y el tiempo de lector se funden: seguimos trepidantemente y pendientes de un hilo los eventos. Además la visión del monstruo nos provoca miedo mezclado con repulsión. Este miedo que siente el protagonista y que compartimos proviene de la posibilidad de daño percibido. Sentimos repulsión y repugnancia porque muchas veces el monstruo es sucio, se arrastra, es viscoso o deja un rastro de secreciones que presumimos pestilentes. En fin: la historia de horror exitosa consigue despertar mecanismos psicológicos de verosimilitud.

Escribo esto pensando en La cosa” (película estrenada en 1982, dirigida por Carpenter y protagonizada por Kurt Russell) que ví la semana pasada. Sin duda uno erige templos para honrar la memoria y vuelve a ellos con devoción e ingenuidad pero es evidente que “veinte años no es nada” solo se aplica para el tango.  

Aún así, la película tiene secuencias memorables y una banda sonora compuesta por Morricone a la que se debe buena parte del efecto atemorizante, sobretodo “humanity, part II” (link para descargar).

Es difícil entender porque alguien puede querer consumir emociones negativas, sobretodo tan extremas como ahora se acostumbra. Además, si la posibilidad de verosimilitud es tan difícil de lograr el efecto del horror se presume episódico y ligado a estridencias y sordidez. Quizá algunos temas característicos del horror afinquen con mayor facilidad en ciertas mentalidades propensas al esoterismo pero no es fácil justificar el consumo voluntario del sadismo. Por otra parte, si se asumen las cosas en clave de broma incluso es posible la fusión del horror con el humor como ocurre en Beetlejuice (1988), El joven manos de tijera (1990) u Hombres de negro (2002).

Para Andrade y Cohen (Journal of Consumer Research, 2007) existen tres posibles explicaciones del gusto por el horror:

1) Diferencias en el umbral de “excitación” (el malestar de uno puede ser el bienestar del otro).

2) Enfocarse en el alivio: sufrir con las emociones negativas y luego ser rescatados por el “placer” del bienestar recuperado y

3) La posibilidad de experimentar sentimientos mixtos o coactivación (presenciar horror y sentir placer, como quien dice “tener sentimientos encontrados”).

¡Qué horror!