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Tag Archives: Guadalupe

¿Que ha dejado la semana santa? Diría Monsivais “escenas de pudor y liviandad” y yo añadiría lujuria de la fe. Qué triste la vida en este repetirse hasta el infinito. Ayer viernes día de duelo y prohibiciones, hoy sábado de gloria con la mayor parte de la gente en la “gloria” de las vacaciones y para nosotros los que quedamos cuidando la ciudad calles vacías que hacen de este lugar una aldea en la que suelen morar aproximadamente veinte millones de personas. Leo la prensa de ayer y hoy y una insufrible “periodista” elige menudo día para escribir “La intolerancia de Alá” hablando de la condena del islam al homosexualismo, como si en el cristianismo – catolicismo le fuera mejor a los del tercer sexo. Pero nadie que no esté de guasa y quiera obtener risas fáciles es capaz de hablar de la chacra, o como dirían acá del rancho. Sendas lecciones de moralina: no consiguen ver la viga y se deleitan con la paja en el ojo ajeno. Y si en otras ocasiones los grandes periódicos se vuelven pasquines de sesudos editorialistas como el cardenal Rivera (Reforma lo publicó en un editorial no de una ni de dos partes, sino de seis entregas) hoy tampoco se quedan atrás en el desfiguro y un tal Raúl Fuentes Aguilar habla de “José y el doble ciclo solar” (en la surrealista columna “Opinión del experto“) en ese tono de justificación “científica” de los prodigios bíblicos como si al lector mínimanente interesado en afanes científicos le interease el tema o al ferviente devoto de la escritura le importaran justificaciones mundanas del libro. 

Días de guardar” dice la norma, “días de ayuno” (pero no de eludir la gula. Nosotros compensamos el ayuno de carne por la tradicional consumición de doce platillos) recuerdan los mayores. “Días de tormento” aquellos que rememoro en la infancia y adolescencia plagados de mala tele y peores sucesos, como las interminables procesiones y misas. Mucho peores teniendo en cuenta que en aquel entonces no existían las evasiones de ahora (internet, cable ni nada de nada). Y ahora con la noticia de la tragedia italiana y la tragicomedia de un presidente (¿quo vadis Evo?) que por segunda vez en la historia de mi país (el otro Siles Suazo, no me extrañaría que hubiese más) decide hacer huelga de hambre en este caso para cumplir su caprichito de reelegirse como manda la norma chavista. Si todos los demás ya tienen que aguantar el régimen alimenticio oficial que según dicen va a plan de ajo y agua (“A JOder y a AGUAntarse) ¿para qué este nuevo desplante?

Haría falta un poco de cordura, siquiera involuntaria como la que exhibió doña Hillary ante el famosísimo ayate guadalupano al pronunciar ” ¿Quién la pintó?” (¿Quién pintó el ayate de Juan Diego?), interrogante tan inoportuna como en su tiempo debió ser el certero sermón que el 12 de diciembre de 1794 pronunció Fray Servando Teresa de Mier (Apuntes del sermón de 12 de diciembre de 1794) como un intento de desacreditar el milagro del Tepeyac, asunto que tan jacarandosamente describió Reinaldo Arenas en su novela “Un mundo alucinante” y que tan poca gracia debió causarle en lo sucesivo a don Servando ya que le costó un viaje con gastos pagados a España,…cortesía de la Santa Inquisición. No importa, lo ganó la república, aunque en el proceso se esfumó el sacerdote y se consagró la impostura idólatra que dura hasta nuestro tiempo.

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La preciosa ciudad de Bogotá

La preciosa ciudad de Bogotá

Arrastramos el mal tiempo con nosotros: nubes, frío, lluvia. Un libro me sustrajo de una conversación por ratos odiosa. Según mi marco de correferencia arribamos a un valle alto, húmedo y verde. Hubo algo de turbulencia. Nuestra relación con la tecnología depende de vaguedades: si crees a pie juntillas que es prácticamente imposible que el avión caiga todo va bien. Pero eso es demasiado condescendiente con el hombre. Después de todo no fue tan grave. Tras cuatro horas y media de viaje llegamos al aeropuerto del Dorado, en Bogotá Colombia. Pasamos rápidamente por migración y nos dirigimos al hotel. Ese trayecto ya reveló una ciudad limpia y verde. Más tarde fuimos a pasear: si buscamos un epíteto para calificar Bogotá podríamos decir que la ciudad es roja. Aquí usan mucho eso que en mi tierra conocen como ladrillo visto, lo cual combinado con el gris del cielo nublado, el verde exuberante y las calles vacías de un domingo familiar amplían el disfrute y le confieren una emblemática distinción.  El camino hacia el centro estuvo plagado de imágenes de belleza. Una vez en el centro decidimos no caminar porque era un poco tarde así que en el taxi bordeamos la falda de los cerros que vigilan el valle. Monserrate y Guadalupe lucían imponentes pero por el tiempo no era posible apreciar sus encantos a plenitud. Enfilamos a la famosa zona T que está rumbo al noroeste de la ciudad. Tenía el dato de un restaurante de comida típica, un lugar llamado Club Colombia, al cual entramos para reponer fuerzas. En mi caso las especialidades locales constituían un redescubrimiento y para quienes me acompañaban todo o casi todo era nuevo. Comimos con fruición. Luego caminamos por la zona: la gente es amable y alegre. Te cuentan por todo lo triste que ha pasado esta ciudad tan bella: bombazos, narco, violencia. Queda la experiencia de la seguridad que no deja resquicios. No obstante no siento la amenaza constante de ciertos lugares en México. Quizá no soy capaz de ver lo negativo porque esta tierra fue por un tiempo el hogar de mis padres y todo me recuerda eso afectuosamente: el acento de los rolos (así les dicen a los capitalinos) y los paisas (los sureños), la comida, la música, el café, la visión del valle desde Monserrate en una mañana grata y sobretodo a solas, la sabana en torno a la ciudad, el portentoso museo del oro, la atestada plaza de Bolívar y la quinta del libertador donde me dejo atrapar por el sueño de la Gran Colombia que pensó Don Simón, un sueño como él mismo: impetuoso, bien intencionado pero breve y trágicamente enfermo.