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Tag Archives: Hemingway

Si me mencionan el Vedado seguramente pensaré en algún libro de Cabrera Infante. Estuve por ahí, precisamente en la plaza de la revolución, al pie del monumento a Martí y tomé unas fotos que ya no tengo junto a una pareja de argentinos que conocí en la playa de Varadero. Contrario a mis instintos entablé conversación con ellos (compartíamos hotel) creo que aprovechando que uno de esos inmaculados vehículos de los cincuenta estaba siendo acicalado ahí cerca y todos los extranjeros nos quedamos mirando el cacharro y a su orgulloso propietario. El era rollizo, calvo, parecido un poco a Pablo Morsa y al Coronel Cañones y más o menos de mi estatura. Usaba una barba de candado como dicen acá -que le iba más a un psiquiatra- y tenía unos ojos enormes y un poco furiosos que coronaban una cejas tupidas. No recuerdo el rostro de ella, pero el de él es inolvidable. Me hablaron del suceso del día siguiente: Había movilización general en la Habana y un millón de personas marcharían por la isla hasta la oficina de intereses de los Estados Unidos demandando que los gringos entregaran a Posada Carriles (un cubano acusado de terrorismo que vivía ilegalmente sus últimos años en Miami y que acababa de ser detenido por la migra: Una verdadera papa caliente). Pienso que debía haber desconfiado un poco más: Los argentinos, que vivían en Canadá y tenían también esa ciudadanía, me proponían ir a la Habana acompañándolos en el vehículo de una persona que debía ir urgentemente a la capital. Los gauchos eran partidarios de Fidel y según me dijeron afiliados al partido comunista canadiense. Unas horas después me ví en uno de esos espaciosos sedanes, con los gauchos, el conductor y un buscavida que por lo que aprecié tenía que ser algo así como un guía para nosotros. Era noche cerrada cuando salimos de Varadero. Daba la casualidad de que ese día Fidel había ordenado (en la isla de aquel entonces todo lo mandaba a hacer Fidel) que estudiantes universitarios ocuparan las gasolineras de todo el país ante la sospecha de un fraude masivo de los empleados. Recuerdo que los fulanos incluso llevaban uniforme. No había ni una luz en todo el horizonte. Sentí miedo de que fuesen a asaltarnos o incluso que los argentinos estuviesen coludidos con nuestros eventuales compañeros de viaje y así me la llevé hasta que dejamos atrás la provincia de Matanzas. Amaneció. El conductor era un gordo bonachón. Tenía un nombre que por supuesto tampoco recuerdo. Algo de origen griego. El buscavida también era robusto y casi no tenía pelo. Por lo que decían advertí que eran como el agua y el aceite: el conductor apoyaba al régimen pero no era un fanático. Iba a la Habana a ver a una hija que tenía hospitalizada y el dinero que le dábamos le caía bien para sus gastos. Su acompañante no escatimaba esfuerzos para echar pestes a todo lo cubano. El vehículo iba de una manera inusitadamente silenciosa. Diría que mejor que un Mercedes. Hay algo con esas vías que llevan a la Habana. A pesar de la vegetación y los exuberantes colores tropicales se ven tristes, como si un imposible otoño se hubiese apropiado de ellas. El efecto era más intenso porque casi ibamos sólos, como flotando. Costaba creer que esa tranquilidad fuese interrumpida tan súbitamente. Si no lo hubiera visto difícilmente podría haber creído que me contaran como fue apareciendo la gente, como nos fue orillando a un rincón al costado del museo de la revolución que no tardó nada en llenarse de gente. Ahí nos apeamos. El conductor se despidió muy agradecido y enfiló a prisa y como pudo rumbo al hospital. Desde esa hora (aproximadamente las once) el ambiente era de fiesta. Había incluso colegiales jugando en las banquetas. La gente salía muy relajada a la calle. Nuestro guía nos acercó al Malecón. Los argentino canadienses iban filmando. Poco después anunciaron que Fidel estaba a punto de llegar. Acto seguido lo hizo en alguno de los helicópteros rusos que sobrevolaron la ciudad. La impresión que tuve fue mayúscula cuando el hombre se dirigió a la multitud desde algún sitio que me estuvo vedado. Imaginen esa voz que todos tenemos presente, en algún sitio a no más de un kilómetro. Y marchamos por el Malecón luego de tomar unas bebidas frías cerca del hermanos Amejeiras (el mejor hospital de Cuba). Sólo seguimos a la multitud unas cuantas cuadras más allá. La oficina de intereses se imaginaba a lo lejos según las indicaciones que me daba el guía. Para escapar del gentío cortamos camino hacia la Habana vieja. Pero ahí también había gente. Incluso algunos bailando y de espaldas al suceso que seguía ocurriendo en el Malecón. Y enfilamos (pienso que por Neptuno o por Virtudes) hacia la plaza central, donde está el imponente hotel del mismo nombre. En el camino pensé que era cierto eso que se decía: Parece que alguien hubiera bombardeado la Habana…y que nadie hubiera recogido. La gente reparaba en nosotros. Me confundían con un mexicano (y yo no los corregía del error). Nos querían vender cosas. Hubo un momento en el que llegamos a una esquina y me quedé mirando un edificio que debió ser suntuoso en la época de Batista y que ahora estaba semiderruido. Sólo una de sus ventanas lucía impecable. Y precisamente de ahí nos miraban unos ancianos que eran como flores saliendo del cemento. Recuerdo que después llegamos a las inmediaciones de la catedral y “La bodeguita del medio” (donde iba el gringo ebrio ése que escribió “El viejo y el mar“). Pero nada de eso me interesaba. Y el guía, cansado de nosotros y sin saber como complacer mi pedido de localizar un baratillo, un mercado de pulgas en el cual complacer un pedido de mi hermano (el guía me dijo: “Todo está cerrado por el feriado nacional, nadie puede salir a vender, nadie puede salir a hacer nada…”) nos fue llevando hacia el “Canal de Entrada” a la bahía de la Habana, sitio donde nos mostró a lo lejos la fortaleza de San Carlos y el Morro. Y cuidándose de miradas ingratas y oficiales celosos de su deber nos fue acercando a unos asientos pegados al canal donde nos ordenó reposar y procedió a abrir unas viandas que llevaba envueltas en un sayal un poco deteriorado. Ahí, de espaldas a la Habana vieja, con un cubano escéptico y cínico que acabo de recordar que se llamaba Orlando (el furioso, por supuesto), con los argentino-canadienses afiliados al partido comunista (él era electricista, Néstor me parece) sin saber que poco despúes seríamos las únicas personas delante del monumento a Martí y el mural del Che -ahí, en la Habana que tanto había imaginado- gozamos de una excelente langosta con arroz que hasta entonces aquel bellaco había cargado.

Lugares por los que paseamos en la Habana.

(Nota: La marcha en cuestión ocurrió el 24 de enero del 2006. No he podido confirmar si Posada Carriles sigue vivo).

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